Dicen que las ballenas son gigantes mudos que cruzan los océanos como sombras sin memoria. Durante siglos se las imaginó como monstruos capaces de hundir embarcaciones con un coletazo, criaturas solitarias perdidas en un azul interminable. En los antiguos mapas marinos aparecían dibujadas como advertencias, bestias desproporcionadas en los márgenes del mundo conocido. El miedo siempre necesitó formas colosales para explicarse.
Sin embargo, quien haya escuchado el soplo de una ballena romper el silencio antártico sabe que ese relato se queda corto. El vapor que estalla en el aire helado es respiración ancestral. Cada exhalación es una firma en el cielo blanco, un recordatorio de que bajo la superficie existe una arquitectura invisible que sostiene el clima, la vida y el equilibrio del planeta.
En ese territorio donde el hielo parece eterno y el horizonte se vuelve abstracto, una mujer observa con atención científica y asombro intacto. Su nombre es Anya Astafurova y su historia enlaza Rusia con Ushuaia, el Ártico con la Antártida, la infancia con una vocación que hoy la convierte en una de las voces más apasionadas sobre las ballenas del sur argentino.
El vínculo con el mundo natural comenzó impulsado por una imagen que se le quedó grabada para siempre. “Empezó en la escuela y mi objetivo era acercarme a un oso polar en su hábitat natural después de ver un documental de la BBC -cuenta-. Y así fue... a los 21 años vi un oso polar por primera vez en el Ártico cuando me aventuré en mi primera expedición a Svalbard en un pequeño barco de expedición, y unos meses después, una manada de orcas surcando las gélidas aguas de la Antártida. No sólo fue hermoso, sino que me cambió la vida. En su presencia, sentí un cambio”.
Aquel giro interior se convirtió en brújula. “Seguí la corriente: estudié, obtuve una licenciatura y luego una maestría en ciencias polares y marinas, con biología marina como especialidad, me formé, realicé mi investigación sobre ballenas grises en Chukotka y, poco a poco, me adentré en esta vida”, relata. La formación académica en ciencias polares y biología marina fue apenas el inicio de una trayectoria que la llevaría a trabajar en algunos de los entornos más extremos del planeta.
Hoy se desempeña como bióloga marina, guía polar y conferencista en expediciones en ambos hemisferios. “No siempre es glamoroso. Hay días largos, aislamiento y condiciones duras, pero es real y tiene un profundo significado”, sostiene. La frase resume una vida que alterna temporadas de cuatro o cinco meses en la Antártida durante el verano austral con campañas en el Ártico boreal. Entre una y otra, reparte su tiempo entre San Petersburgo y Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, cuyo puerto es antesala del continente blanco. Su calendario no responde al ritmo urbano, sino que late al ritmo del hielo.
Las ballenas se transformaron en su foco de estudio por una razón que va mucho más allá del asombro estético. “Elegí a las ballenas porque son más que simples criaturas impresionantes: son especies clave y narradoras de historias del océano -relata-. En ellas confluyen inteligencia, complejas estructuras sociales y un rol ecológico decisivo. Estudiarlas permite comprender procesos que van desde la evolución hasta la acústica submarina, desde la conservación hasta el cambio climático”.
Según la especialista, “los mitos todavía pesan sobre estos gigantes. Se las considera criaturas pasivas, cuando en realidad despliegan estrategias sofisticadas y comportamientos cooperativos sorprendentes. En la Antártida, por ejemplo, las jorobadas han sido observadas interviniendo para proteger focas del ataque de orcas. Tampoco todas las especies cantan, ya que algunas se comunican mediante clics y pulsos, y apenas ciertas ballenas barbadas producen los famosos cantos complejos. La idea de que todas las poblaciones se recuperaron tras la prohibición de la caza comercial simplifica una realidad desigual, con especies que aún enfrentan amenazas críticas”.
Existe además un mito más profundo, casi invisible: pensar que las ballenas resultan ajenas a la vida humana. Anya suele explicar a los viajeros el proceso conocido como whale pump. Las heces ricas en hierro fertilizan el fitoplancton, base de la red trófica marina y responsable de producir más de la mitad del oxígeno que respiramos. Más ballenas implican océanos más productivos, mayor captura de dióxido de carbono y ecosistemas más resilientes. Su presencia funciona como un termómetro del planeta.
Su primer viaje a la Antártida, en 2015, marcó un antes y un después. “Todavía lo recuerdo como una de las experiencias más transformadoras de mi vida -señala-, tanto a nivel personal como profesional. Ninguna preparación ni fotografía habría podido capturar la magnitud, el silencio ni la atmósfera sobrenatural del lugar”. Recuerda la contradicción sensorial de un entorno a la vez áspero y profundamente pacífico, los icebergs elevándose como esculturas y el aire tan puro que parecía cortante.
La dimensión de ese paisaje excede cualquier imagen previa. “Lo que sucede en la Antártida no se queda allí: tiene repercusiones en todo el planeta”, sentencia. La frase funciona como advertencia científica y como llamado ético. El continente blanco regula corrientes oceánicas, influye en patrones climáticos globales y alberga especies cuya salud refleja la del sistema entero.
El frío, lejos de ser un obstáculo, es parte esencial de su identidad. “El frío es absolutamente lo mío -agrega-. Habla de pureza, de claridad, de regiones que exigen respeto y presencia absoluta. En esos entornos extremos, cada comportamiento animal tiene un propósito. Orcas organizadas en ecotipos distintos despliegan tácticas de caza coordinadas, jorobadas ejecutan el bubble-net feeding creando espirales de burbujas para concentrar krill antes de lanzarse en grupo, rorcuales comunes, los llamados galgos del mar, alcanzan velocidades sorprendentes mientras regresan lentamente tras décadas de explotación”.
A bordo de barcos de expedición, Anya combina divulgación y ciencia ciudadana. Invita a los viajeros a participar en la identificación fotográfica de ballenas, en la toma de muestras de fitoplancton, en la escucha de sonidos submarinos mediante hidrófonos. Cada dato suma en regiones remotas donde la investigación resulta compleja y costosa. Recuerda con emoción el día en que identificaron por primera vez a una jorobada nueva para la base de datos y decidió nombrarla Babushka Nina en honor a su abuela. Cada ballena tiene una historia y cada historia fortalece el vínculo entre ciencia y emoción.
Hacia el final de cada temporada austral, surca la Antártida montada en Swan Hellenic, integrando comodidad contemporánea con exploración responsable y compromiso ambiental. Desde cubierta, mientras el viento corta el rostro y el mar refleja un azul casi metálico, observa soplos en el horizonte como quien lee señales antiguas.
Su vida quedó dividida en un antes y un después del hielo. Comprendió allí la interconexión profunda entre acciones humanas y sistemas naturales. Desde Rusia hasta Ushuaia, del Ártico a la Antártida, Anya Astafurova eligió contar la historia de las ballenas del sur argentino como quien narra la salud del planeta entero. En cada respiración que emerge sobre el océano austral se cifra una verdad contundente: “proteger a estos gigantes implica cuidar el equilibrio climático que sostiene nuestra propia existencia”, concluye.


