Mientras los equipos de emergencia revisaban los restos aún humeantes en el complejo de Ras Laffan, en Catar, el jueves por la mañana, los operadores en Europa y Asia despertaban ante una nueva crisis energética.
En condiciones normales, una quinta parte del suministro mundial de gas natural licuado (GNL) fluye desde Ras Laffan, un enorme complejo industrial casi tres veces más grande que París, construido a lo largo de tres décadas con un costo de cientos de miles de millones de dólares.
Las terminales de GNL son algunas de las construcciones más grandes y complejas creadas por el ser humano y Ras Laffan es la mayor de todas: convierte las vastas reservas de gas de Catar en un combustible superenfriado que puede transportarse por todo el mundo. Al menos, así era antes de la llegada de los misiles iraníes.
“Me desperté esta mañana y pensé: ‘No, por favor no’”, dijo Anne-Sophie Corbeau, exjefa de análisis de gas en BP y actual integrante del Center on Global Energy Policy de la Universidad de Columbia. “Este siempre fue mi peor escenario, mi escenario de Armagedón, el que no quería que ocurriera”.
Dos operadores de gas aseguraron que todavía intentaban procesar la noticia después de que Irán lanzara un ataque doble, disparando misiles balísticos contra la instalación, primero el miércoles por la noche y luego nuevamente en la madrugada del jueves. “Esto no tiene precedentes”, dijo uno de ellos.
Los precios del gas en Europa subieron un 30% tras la reapertura de los mercados y se han más que duplicado desde el inicio de la guerra, mientras los operadores intentan calcular el impacto de meses —o más— sin el suministro de gas de Catar en los mercados globales.
El petróleo también se disparó un 10%, hasta casi u$s 119 por barril, ante el temor de nuevos ataques contra infraestructuras energéticas.
QatarEnergy, la empresa estatal que opera Ras Laffan, indicó a Reuters que los daños en dos de sus unidades de GNL —en las que ExxonMobil participaba como co-inversor— tardarían entre tres y cinco años en repararse, implicarían pérdidas de u$s 20.000 millones anuales y obligarían a cancelar contratos de largo plazo con Italia, Bélgica, Corea del Sur y China.
El volumen de gas perdido en el futuro previsible equivale aproximadamente al 17% de la capacidad total de Catar.
Antes del ataque, los operadores asumían que el flujo de GNL desde Ras Laffan se reanudaría una vez que se calmara el conflicto en Medio Oriente y el estrecho de Ormuz volviera a ser seguro para el paso de buques. Los precios del gas, tras subir la semana anterior, se habían estabilizado muy por debajo de los niveles vistos durante la invasión rusa de Ucrania en 2022.
Esa suposición ahora quedó completamente descartada.
Un operador señaló que los precios del gas en Europa se mantendrán elevados “hasta 2027” y que al continente le resultará más difícil llenar sus reservas este verano, ya que compradores asiáticos están adquiriendo GNL estadounidense para compensar la pérdida de suministro.
Asia ya enfrentaba escasez y racionamiento debido a la caída de la oferta desde el Golfo.
Europa, que se volvió más dependiente del GNL desde que Rusia redujo sus exportaciones por gasoducto durante la guerra en Ucrania, ahora deberá competir directamente con países como Japón y Corea del Sur por cargamentos limitados.
Laurent Segalen, banquero de inversión en energía limpia, afirmó: “Es el apocalipsis ahora. Los próximos meses para los importadores de gas van a ser una carnicería”.
Ras Laffan cuenta con 14 unidades de licuefacción que enfrían el gas hasta producir 77 millones de toneladas anuales de GNL, suficiente para cubrir toda la demanda anual de Japón o más que la del Reino Unido e Italia combinados.
El equipamiento especializado para superenfriar el gas es extremadamente complejo y deberá ser reemplazado cuidadosamente, un proceso que solo comenzará cuando Catar tenga la certeza de que los trabajadores pueden acceder al sitio sin riesgo de nuevos ataques.
“Lo que podemos concluir de inmediato es que, independientemente de cuándo termine el conflicto, la reanudación de la producción normal en Catar no ocurrirá en cuestión de semanas”, señaló Tom Marzec-Manser, experto en GNL de la consultora energética Wood Mackenzie.
Previamente, había estimado que Catar tardaría unos 40 días en reiniciar la producción en Ras Laffan, “pero ahora eso ya no es posible”.
Los planes de Catar para expandir significativamente Ras Laffan —con seis nuevas unidades de licuefacción previstas para este año y el próximo— también se verán retrasados. “Hay incertidumbre, pero ahora sabemos que se trata de una reducción del suministro que durará meses”, agregó.
Aunque algunos proyectos en Estados Unidos comenzarán a operar pronto, no existe una compensación suficiente para el gas catarí que no sea “políticamente muy compleja”, advirtió Corbeau, señalando que algunos políticos ya plantean relajar las restricciones al gas ruso.
Mientras tanto, muchos países ya están recurriendo nuevamente al carbón para generar electricidad y varias plantas industriales en el sudeste asiático están racionando su producción o directamente cerrando.
“El mundo de la energía se va a fragmentar entre los que tienen y los que no tienen”, concluyó Segalen.

