Cuando el 28 de febrero la Operación Epic Fury lanzó sus primeras oleadas de bombardeos sobre Irán, pocas horas bastaron para constatar que la superioridad miliCuando el 28 de febrero la Operación Epic Fury lanzó sus primeras oleadas de bombardeos sobre Irán, pocas horas bastaron para constatar que la superioridad mili

La guerra que Washington no sabe cómo terminar

2026/03/16 16:35
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Cuando el 28 de febrero la Operación Epic Fury lanzó sus primeras oleadas de bombardeos sobre Irán, pocas horas bastaron para constatar que la superioridad militar de Estados Unidos e Israel era, en efecto, aplastante. Pero la guerra —como advirtió Clausewitz, a quien más de un analista ha invocado estas semanas— no se juzga por cómo empieza.

La niebla de la guerra es espesa sobre Irán, pero dos cosas ya son cristalinas: nadie puede cuestionar el poderío militar de Estados Unidos e Israel.  Lo que sí está en disputa es todo lo demás.

El juego largo de Teherán

Vali Nasr, uno de los más respetados analistas del mundo iraní y profesor en la Johns Hopkins University, publicó en el Financial Times del 13 de marzo un argumento que incomoda a quienes esperaban una rendición rápida. En la guerra, la geografía importa tanto como la tecnología. Irán domina toda la ribera norte del Golfo Pérsico y proyecta su influencia sobre los campos energéticos del sur y sobre todo lo que transita por esas aguas. 
Pero la ventaja iraní no es solo geográfica. Quienes hoy comandan Irán calcularon desde antes que enfrentar a dos potencias militares superiores implicaría sufrir. Su apuesta, sin embargo, no consiste en contar misiles sino en medir umbrales de dolor. Y creen que Estados Unidos e Israel pueden correr más rápido, pero no son fondistas. 
El argumento de Nasr se vuelve aún más perturbador cuando describe el efecto político interno: la guerra ha abierto una nueva línea divisoria en la sociedad iraní. Ya no se trata de estar a favor o en contra del régimen, sino de estar a favor o en contra de la guerra. Iraníes que odiaban a la teocracia dicen hora que no es el momento para la lucha interna, sino para defender al país.  El bombardeo, en otras palabras, ha hecho lo que no pudo la clerecía en décadas: unificar a Iran.

La pregunta que nadie responde

Colin Kahl, ex subsecretario de Defensa del gobierno Biden y actual director del Freeman Spogli Institute de Stanford, formuló en Foreign Affairs del 10 de marzo la pregunta que la administración Trump ha eludido sistemáticamente: ¿cuál es el objetivo final?
La historia de la intervención militar americana ofrece una lección consistente: las guerras que comienzan sin objetivos políticos claros raramente terminan bien. Cuando las metas son indefinidas o están en disputa, la guerra carece de un punto lógico de detención. 
El problema, señala Kahl, es que los objetivos declarados por Trump son en realidad guerras distintas: lograr un cambio de régimen, un cambio de comportamiento, eliminar el programa nuclear iraní y degradar la capacidad de proyección de poder de Irán no son variaciones del mismo objetivo. Requieren guerras fundamentalmente diferentes. 
Y hay una dimensión que Kahl considera directamente alarmante: nadie sabe con exactitud dónde están hoy cientos de kilogramos de material fisionable de alta pureza. Un Irán debilitado puede volverse más decidido a weaponizar su capacidad residual como disuasivo frente a futuros ataques. 

Neutralizar, no destruir

Charles Kupchan, académico del Council on Foreign Relations y profesor en Georgetown, ofrece en su artículo del 10 de marzo una distinción que el presidente Trump debería atender con cuidado. Hay dos guerras posibles: una que busca neutralizar al régimen iraní —despojarle de su capacidad nuclear y de proyección regional— y otra que apuesta a derrumbarlo por completo.
Trump debería elegir sin dudar entre estas dos opciones. Debería apuntar a neutralizar al régimen, no a derrocarlo. Una revolución de base suena atractiva, pero entraña riesgos demasiado grandes. El resultado más probable del desmantelamiento de la República Islámica no sería una democracia estable, sino la fractura del Estado, el caos político y una inestabilidad irradiante. 
Kupchan no es ingenuo respecto a Teherán. Reconoce que el aparato de seguridad iraní —con el CGRI, la Basij y cuerpos policiales que suman más de un millón de efectivos— no da señales de quebrarse bajo los bombardeos. Pero advierte que la historia reciente de Afganistán, Irak, Libia y Siria debería operar como advertencia severa antes de apostar por un colapso que nadie sabe gestionar.

Los tres finales posibles

Walter Russell Mead, columnista de The Wall Street Journal, es quizás el más descarnado en su diagnóstico. En su artículo del 9 de marzo, traza con precisión los tres desenlaces que puede tener este conflicto.
El primero sería una derrota clara y dañina para Estados Unidos: si la presión global y la oposición doméstica obligan a Trump a poner fin al conflicto antes de que el comercio sea plenamente restaurado en el Golfo, un Irán golpeado pero en pie habrá demostrado que puede cerrar esa arteria vital contra todo lo que la mayor potencia militar del mundo pueda arrojarle encima. El prestigio americano difícilmente se recuperaría de semejante fiasco. 
El segundo escenario sería una victoria real: el Golfo despejado y un nuevo gobierno iraní más interesado en el desarrollo del país que en la dominación regional. Pero ese escenario, admite Mead, es el menos probable.
El más probable es un escenario intermedio: Estados Unidos logra despejar en gran medida el Golfo, pero el régimen actual sobrevive. La Operación Epic Fury quedaría en la memoria como la Madre de Todas las Podadoras: sin resolver nada fundamental, pero preservando un equilibrio de poder frágil en una parte vital del mundo. 

Lo que está en juego más allá del Golfo

Hay una dimensión del conflicto que los cuatro analistas, desde ángulos distintos, comparten: esta guerra no es solamente sobre Irán. Es sobre el orden global que emerge de ella.
Kahl advierte que Washington lanzó la campaña sin voto del Congreso, sin autorización de la ONU y sin un caso de inteligencia público. Eso, señala, entrega a Beijing y Moscú un argumento listo para sus propias acciones unilaterales futuras.
Mead recuerda que la superioridad aérea no ha impedido que Irán ejerza una presión política y económica masiva sobre Washington, amenazando el flujo de petróleo del Golfo y empujando al alza los precios del crudo en el mundo entero.
Y Nasr cierra con la imagen que tal vez mejor sintetice el momento: Esta guerra ha salido del control de quienes la iniciaron. Es más larga, más desordenada y está generando un costo real para Estados Unidos —en sus bases, en sus fuerzas en la región, y en los mercados energéticos y la economía global. 
La pregunta que Washington todavía no ha respondido —¿qué victoria se busca y cómo se reconoce cuando llega?— sigue abierta sobre los escombros de Teherán.​​​​​​​​​​​​​​​​

La entrada La guerra que Washington no sabe cómo terminar se publicó primero en Revista Mercado.

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