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“Tiene una fuerza que no sé de dónde la saca”: Abrió su casa para frenar el hambre en su comunidad

2026/03/14 11:03
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Abrió su casa para frenar el hambre en su comunidad

Por Micaela Urdinez / Enviada especial

14 de marzo de 2026

“Eladia tiene una fuerza que no sé de dónde la saca. Tiene su huerta, tiene sus chanchos, tiene patos y quiere darle a los demás. Ella tiene esa humanidad que la hace resaltar entre todas”

Adriana Cragnolini

CHACO.- Son las 8.30 de la mañana en el Lote 58, en la zona de Miraflores. Alrededor de diez chicos están sentados en dos bancos frente a una mesa de madera ubicada estratégicamente a la sombra para soportar los casi 50 grados de calor. Cada uno tiene una taza con arroz con leche que comen con una cuchara. Eladia Esteban se acerca con un pan, lo corta en porciones con un cuchillo y lo va repartiendo a cada uno. Algunos comen el pan a mordiscones y otros lo van desmenuzando dentro de la taza para que se ablande con la leche. “Nosotros sufrimos. Yo nomás tenía mi pensamiento y Patricia me ha ayudado. A algunas familias no les alcanza lo que cobran para el mes”, dice Eladia, una integrante de la comunidad que cuando vio que los niños pasaban hambre durante el verano porque no funcionaba el comedor escolar, le sugirió a Patricia Bonadeo, miembro de Puentes del Alma —una ONG que apoya a escuelas de pueblos originarios en Chaco y Santiago del Estero— abrir un merendero hasta que retomaran las clases. Eladia nació en una zona rural de Castelli, donde vivió con sus padres hasta los 6 o 7 años. Cuando ellos se separaron, se crió con su abuela que le enseñó muchas cosas. Más tarde, se dedicó a criar a sus 6 hijos y a trabajar durante mucho tiempo como cocinera de la escuela del anexo de la E.E.P N° 1034, ubicada en el Lote 58. Hoy en día, se ocupa del merendero, de agrandar su huerta y hace artesanías en yicas de chaguar a pedido y canastos con hojas de palmas. “El comedor se cierra y los chicos, si ganan peso durante el año, en esos dos meses, lo pierden. Entonces decidimos organizar una campaña basada en productos para una merienda como leche, harina y demás. En noviembre entregamos todo esto, y también los útiles para el arranque de clases. Hablé con Eladia para ver cuánto necesitaba para pagar la garrafa y organizar para que tuviera la mercadería en su casa. A la vez, ella moviliza a otras mamás de la comunidad para que puedan organizarse y no le toque cocinar solamente a ella”, dice Bonadeo. A mediados de diciembre, Eladia y otras mujeres empezaron a cocinar arroz con leche, mate cocido, pan, tortas fritas y chocolatada en su casa para que el impacto de no tener el desayuno ni el almuerzo en la escuela no fuera tan catastrófico para las 12 familias que viven en esta comunidad wichí. Algunas tienen casas de material y otras de nylon. Muchas dicen que necesitan un aljibe propio porque todos los días van con baldes y bidones hasta la escuela a cargar agua.

Una mujer con empuje
Eladia Esteban es madre de 6 hijos y trabajó durante mucho tiempo como cocinera de la escuela. Hoy en día, se ocupa del merendero, de agrandar su huerta y hace artesanías en yicas de chaguar a pedido y canastos con hojas de palmas.

Comer iguanas y charatas

Nélida Esteban tiene una remera de manga larga verde con el número 78 en el pecho de color negro, un pantalón celeste y ojotas. Vive con su marido y sus cuatro hijos que van a la escuela de la comunidad. Cuando cobran la Asignación Universal por Hijo, consiguen comprar algo de arroz, fideos, leche, azúcar y harina en Miraflores. Dice que no le queda resto para comprarle ropa o zapatillas a sus hijos y que están desesperados porque arranquen las clases. “Por lo menos tuvieron comida en lo de Eladia”, dice Nélida parada debajo de la sombra de un árbol a unos metros de su casa. –Y a veces, ¿salen a cazar también? –Sí, sí, siempre cazamos charatas, iguanas. –¿Cómo cocinan la iguana? –Sacamos el cuero que tiene, la ponemos en la olla hasta que sí se puede cocinar y comemos. –¿La iguana cómo la cazan? –Con gomera. –¿Y salís vos o salen los chicos? –Con mi marido salimos y buscamos. Si no tenemos nada, buscamos algo del monte para comer. El otro día conseguimos tres charatas que sirven para cocinar. Les sacamos las plumas y las cocinamos con arroz.

Desesperados por el arranque de clases
Nélida Esteban vive con su marido y sus cuatro hijos en la comunidad Lote 58, cerca de Miraflores; dice que la AUH apenas le alcanza para comprar arroz, fideos, azúcar y aceite, y que no le queda resto para la ropa y las zapatillas de sus hijos; ante la emergencia, sale a cazar con su esposo para tener un plato de comida

Varios días sin comer

La merienda se sirve cerca de las 5 de la tarde, todos los días, pero como la temperatura es agobiante, decidieron que hoy era mejor adelantar el horario a la mañana. Los chicos llegan con cara de dormidos a tomar lo que sería el desayuno y las mamás se sientan en la sombra. Eladia está atenta a servirles a los nuevos y a darles para repetir a los que van terminando lo que tienen en la taza. –¿Qué es lo que más están necesitando? –Una casita para poder hacer el merendero, en donde guardar la mercadería y que tenga una cocina. “En el verano, capaz pasan varios días sin comer. Vos habrás observado hoy que estuvimos toda la mañana en muchas casas y en ninguna estaban preparando el alimento o proyectando el almuerzo”, dice Adriana Cragnolini, exdirectora de la Escuela 1034 del anexo Lote 58 y que conoce muy bien a la comunidad. Cuenta que desde hace tres años que en las escuelas dejaron de funcionar los comedores durante el verano y los chicos empezaron a bajar de peso. Junto a Puentes del Alma, pusieron en marcha un comedor de verano que pudieron sostener unos años y que ahora se transformó en merendero. Ella es la pata local a la que Puentes del Alma le transfiere el dinero para que compre la mercadería y se la acerque a Eladia. Cada uno, hace su aporte para que los niños no pasen hambre. Los chicos terminan de comer y se levantan de la mesa a jugar. Agarran palitos, piedras, se corren entre ellos. Eladia empieza a levantar las tazas y las lleva a la cocina. Pasa un trapo por la mesa. Se pone a lavar todo lo que quedó sucio. “Eladia tiene una fuerza que no sé de dónde la saca. Tiene su huerta; ahora quiere agrandarla y hacer una chacra. Tiene sus chanchos, tiene patos con sus patitos, tiene pavos. A ella la comida no le va a faltar, pero ella tiene que darle a los demás. Ella tiene esa humanidad que la hace resaltar entre todas”, Cragnolini, que tuvo como alumna a su hija Ángela en la primaria. Cuando terminó la secundaria, le propuso que fuera auxiliar como Maestra Especial de Modalidad Aborigen (MEMA). “A ella le gustó la idea, comenzó a trabajar y yo creo que a Ángela le cambió la vida. Porque pasó de no tener nada, de dormir debajo un plástico, a tener una casita de material y a ser maestra en la escuela, a tener un sueldo y una obra social. Eso mismo es lo que soñamos que pase con el resto de los chicos”, expresa.

Una infancia trunca
Los niños de la comunidad comen, con suerte, una vez al día, lo que hace que estén en riesgo de bajar de peso; pasan sus horas buscando con qué jugar (apenas tienen juguetes) y se divierten corriendo por el monte e interactuando con los animales

A dormir sin comer

–¿Ayer pudieron comer algo? –A veces tengo y a veces no para darles. –¿Los chicos van al merendero de Eladia? –Sí, siempre fueron cerca de las 5. –¿Esa es quizás la única comida del día? –Sí. –¿A la noche van directo a dormir? –Sí. La que responde es Graciela Quiroga, una madre viuda con 3 hijos que vive en un rancho de palos y nylon. Sobre el techo, guarda la única olla que tiene para darle de comer a los chicos. No cuenta con luz ni agua, y hay una sola cama para todos. Afuera, en el patio, sus hijos juegan encima del colchón lleno de tierra. No recuerda cuánto está cobrando en este momento por la AUH, su único ingreso. “Si los chicos no comen en la escuela no tienen dónde comer. En la casa después solo toman mate cocido. La alimentación base de ellos es la harina y el guiso. Ellos no saben lo que es comer una fruta en la casa y, por eso, les faltan un montón de nutrientes. Y ni hablar si el chico tiene alguna enfermedad, alguna condición, porque hay chicos de bajo peso, hay chicos desnutridos, hay chicos que tienen asma, que tienen otras enfermedades y que tienen que estar bien alimentados para que puedan resistir al tratamiento que se les da”, agrega Cragnolini. Eladia sabe que a algunas familias no les alcanza lo que cobran por mes y eso la desespera. Por eso pide más semillas y más herramientas para agrandar su huerta y convertirla en una chacra. Es de esas mujeres poderosas que siempre andan queriendo hacer más, probar cosas nuevas, crecer. Su sueño es que ningún chico pase hambre. “Esto arrancó porque durante todo el año íbamos evaluando a los chicos de la escuela en su peso y, cuando regresaban al inicio escolar, estaban bajos de peso”, explica Bonadeo. Cragnolini se acuerda de esa época, en sus inicios, cuando gracias a un programa del Ministerio de Salud se medía y pesaba a los alumnos. El diagnóstico fue que muchos estaban desnutridos. “Me habían dado un plan de mejoramiento con una lista de los chicos desnutridos donde nosotros los teníamos que sacar a media mañana del salón y darles un refuerzo. Y también les dábamos para que se llevaran leche a la casa, y en un año levantaron su peso y su talla. Con esto te quiero decir que si vos querés revertir el problema, se puede, pero tenés que tener voluntad de querer hacerlo y tenés que estar”, dice.

Cómo ayudar:
● Las personas que quieran ayudar a Puentes del Alma a brindar asistencia alimentaria en el Lote 48 y en otras comunidades aborígenes, pueden comunicarse con Miguel Sansirena al +54 9 3462 53-3502 o donar al alias puentes.del.alma

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