Rafael Grossi habló en París sobre energía nuclear, inspecciones, guerra y riesgo radiológico. Pero la conferencia de prensa que ofreció en la víspera de la segRafael Grossi habló en París sobre energía nuclear, inspecciones, guerra y riesgo radiológico. Pero la conferencia de prensa que ofreció en la víspera de la seg

Grossi en la línea de fuego

2026/03/11 20:40
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Rafael Grossi habló en París sobre energía nuclear, inspecciones, guerra y riesgo radiológico. Pero la conferencia de prensa que ofreció en la víspera de la segunda Cumbre sobre Energía Nuclear no fue apenas una actualización técnica. Funcionó, también, como una escena de época. De un lado, un sistema internacional que ya no logra prevenir ni encauzar las crisis con la eficacia que proclamó durante décadas. Del otro, un funcionario argentino que hizo de la diplomacia técnica una forma de gravitación política y que ahora aspira a dar el salto mayor: la Secretaría General de la ONU.

No es una ambición menor. Tampoco una candidatura improvisada. Grossi llega a esa carrera después de varios años en el centro de algunos de los expedientes más sensibles del planeta: Irán, Ucrania, seguridad nuclear, no proliferación, transición energética. En un tiempo de liderazgos ruidosos y diplomacias declamativas, construyó su perfil de otro modo: con permanencia, con método, con exposición controlada y con una rara combinación de especialización técnica y oficio político.

Un argentino en la cima del sistema nuclear

Grossi asumió como director general del Organismo Internacional de Energía Atómica en diciembre de 2019. No fue una irrupción. Fue la culminación de una carrera larga dentro del entramado multilateral. Antes había sido embajador argentino en Austria, representante ante los organismos internacionales en Viena y, dentro del propio OIEA, jefe de gabinete y responsable del área de Política. Su trayectoria anterior ya estaba marcada por el desarme, la no proliferación y la seguridad internacional.

Esa biografía importa porque explica el tipo de dirigente internacional que representa. Grossi no es un político reconvertido en diplomático. Tampoco un técnico encerrado en su especialidad. Pertenece a una especie menos frecuente: la del funcionario que entiende que, en ciertos organismos, la técnica nunca es neutral y la política nunca puede prescindir de la precisión técnica.

Eso se vio con claridad en los últimos años. La invasión rusa de Ucrania convirtió a la central de Zaporiyia en un símbolo del nuevo desorden global. El conflicto con Irán volvió a poner en cuestión la capacidad del sistema de inspecciones. Y el regreso de la energía nuclear al debate energético internacional obligó al OIEA a moverse en un terreno que ya no es solo regulatorio, sino también industrial, financiero y geopolítico.

La conferencia de París

La cumbre de París, organizada por Francia y el OIEA, fue concebida para discutir el lugar de la energía nuclear en la seguridad energética y en la transición hacia matrices de menor emisión. En los papeles, era una cita sobre inversión, tecnología y planificación. En los hechos, quedó atravesada por la guerra y por Irán.

Grossi utilizó la conferencia de prensa para volver sobre un punto central: sin acceso suficiente, no hay verificación robusta. El OIEA puede observar, procesar imágenes, reconstruir indicios, mantener contactos. Pero no puede reemplazar con inferencias lo que antes hacía con presencia directa. Esa diferencia, que parece técnica, es política en el sentido más duro del término. Cuando un organismo pierde capacidad de inspección, el margen para la confianza se achica y el espacio para la sospecha se expande.

Ahí se inscribe su referencia a Bouchehr, la central nuclear iraní cuya eventual afectación abriría un escenario de consecuencias radiológicas graves. Grossi no habló como un comentarista del conflicto. Habló como el responsable de una institución que sabe que una instalación nuclear no es un objetivo militar cualquiera. En ese punto, la prudencia no es una virtud diplomática: es una obligación material.

Su mensaje fue, en esencia, doble. Primero, que la crisis iraní no admite simplificaciones morales ni salidas militares limpias. Segundo, que el sistema internacional sigue necesitando instrumentos de control, aun cuando hoy esos instrumentos operen bajo condiciones mucho peores que las de hace una década. Dicho de otro modo: la alternativa al multilateralismo defectuoso no es un orden más eficaz, sino uno más opaco y más peligroso.

La candidatura a la ONU

Sobre ese telón de fondo debe leerse su postulación a la Secretaría General de las Naciones Unidas. La Argentina lo propuso formalmente para suceder a António Guterres en 2027. El dato es importante, pero no decisivo. En la ONU, las candidaturas no se resuelven por currículum. Se resuelven por equilibrio de poder, vetos, alianzas y oportunidad histórica. Sin embargo, el currículum importa porque define el argumento con el que cada postulante intenta volverse inevitable.

El de Grossi es bastante claro. Ofrece experiencia concreta en manejo de crisis, conocimiento del sistema multilateral y una carrera vinculada a la paz y la seguridad internacionales. No proviene de una potencia. No arrastra una identidad ideológica rígida. No está asociado a un bloque. Tiene, además, un activo poco frecuente: ha conducido una agencia compleja en un período de estrés extremo sin convertirse en rehén público de ninguna de las partes enfrentadas.

Eso no garantiza nada. La Secretaría General de la ONU es, antes que nada, una decisión del Consejo de Seguridad. Y allí pesan factores que exceden por completo las virtudes del candidato. También opera otra discusión: la presión para que, por primera vez, el cargo recaiga en una mujer. Esa demanda no es retórica. Tiene espesor político y simbólico. Grossi entra, por lo tanto, en una competencia donde los méritos personales pueden ser necesarios, pero de ningún modo suficientes.

Técnica, poder y visibilidad

Hay, de todos modos, algo que vuelve singular su figura. Grossi parece haber comprendido antes que otros que la autoridad internacional ya no se construye solo en las negociaciones reservadas. También se construye en la visibilidad pública. En la capacidad de fijar un lenguaje. En la aptitud para intervenir en una crisis sin exacerbarla. En el equilibrio entre firmeza y contención.

Ese aprendizaje es clave en una época en la que muchos organismos multilaterales conservan estructura, presupuesto y ceremonial, pero han perdido gravitación efectiva. El OIEA no escapó a esa tensión. Sigue siendo indispensable, pero ya no opera en un mundo que acepte sin más la lógica de las instituciones. Debe justificar su centralidad todos los días. Grossi entendió ese cambio y adaptó su estilo. Habla con claridad, evita el tecnicismo innecesario y administra su exposición como parte de la función.

No es casual, entonces, que su nombre haya salido del nicho nuclear para entrar en la conversación política más amplia. Lo que antes era un prestigio sectorial hoy empieza a parecerse a otra cosa: a una plataforma de liderazgo internacional.

La ONU que viene

La pregunta de fondo no es solo si Grossi puede llegar a la ONU. La pregunta más relevante es por qué su perfil resulta verosímil para ese cargo en este momento. Y la respuesta no está solo en su trayectoria. Está en la naturaleza de la crisis del sistema internacional.

La ONU enfrenta un problema más severo que la falta de reforma. Enfrenta una pérdida de autoridad. No porque sus normas hayan desaparecido, sino porque los actores decisivos las invocan o las ignoran según conveniencia. El orden nacido después de 1945 no se derrumbó de golpe. Se fue vaciando por capas: guerras que no pudo evitar, vetos que bloquearon decisiones, organismos que conservaron legitimidad moral pero perdieron eficacia práctica.

En ese contexto, un candidato como Grossi condensa una hipótesis: que el próximo secretario general acaso no deba ser un gran tribuno, sino un administrador de crisis con espesor político, lenguaje sobrio y experiencia en zonas de alta fricción. Alguien capaz de moverse entre potencias enfrentadas sin confundir equilibrio con ambigüedad.

La conferencia de París dejó esa impresión. Grossi habló sobre Irán, sobre inspecciones y sobre el riesgo de una escalada nuclear. Pero lo que en verdad quedó expuesto fue otra cosa. Quedó expuesto que el mundo ya no premia a los organismos por existir, sino apenas por seguir siendo útiles. Y que la carrera del diplomático argentino se juega exactamente en ese punto: demostrar que, en medio del deterioro del orden internacional, todavía hay espacio para una autoridad basada en la competencia, la prudencia y la capacidad de intervenir antes de que el desastre se vuelva irreversible.

Si la ONU busca un símbolo, Grossi acaso no sea el nombre obvio. Si busca un operador con experiencia en la fragilidad del mundo real, su candidatura empieza a tener más lógica de la que parecía.

La entrada Grossi en la línea de fuego se publicó primero en Revista Mercado.

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