Si se vaciara la imagen de todo contenido que remita al “color local”, determinar solo mediante la observación la ubicación exacta de esa silueta urbana sería una tarea compleja, si no imposible. A estas alturas, podría aventurarse que hay una estética edilicia desarrollada entre los últimos años del siglo XX y las primeras décadas del XXI que ha trascendido fronteras y cuyo crecimiento explosivo parece imparable. Bastaría entonces con prescindir de los camellos y su solitario jinete para encontrar similitudes aun con el porteño barrio de Puerto Madero, o con tantas otras ciudades. Dicho esto, no hay que olvidar que cada sitio aún alberga sus particularidades y que, haciendo a un lado las semejanzas, el de la imagen pasó de ser un oasis de tranquilidad y bienestar a encontrarse en medio de una región atravesada por uno de los conflictos más inciertos de los últimos años.

