Los estudiosos se afanan por dar con la cifra exacta de instalaciones militares estadounidenses en el extranjero, que sus gobiernos emplearon desde sus primerasLos estudiosos se afanan por dar con la cifra exacta de instalaciones militares estadounidenses en el extranjero, que sus gobiernos emplearon desde sus primeras

Las bases de EE.UU.: los tentáculos difusos de la política exterior con la que la gran potencia se impone en el mundo

2026/03/05 17:20
Lectura de 7 min
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¿Cuántas bases tiene desperdigadas EE.UU. por el mundo? Es posible que nadie lo sepa con exactitud. Ni siquiera los propios EE.UU., que se esforzaron tanto en ofuscar su número y ubicación que parece que acabaron por perder el listado completo, según alegabaron los autores del Quincy Institute for Reponsible Statecraft, un think tank estadounidense que suele abogar por la prudencia en las relaciones internacionales, en un informe de 2021.

Aquel trabajo se quejó de que la RAND Corporation, pata histórica del complejo militar industrial de la gran potencia, elaboró un informe pagado por el Ejército en el que se empleó como cifra de referencia la del listado oficioso de David Vine, un estudioso de la presencia militar exterior estadounidense y uno de los autores del posterior informe del Quincy Institute. En el compendio de Vine figuran en torno a 750 bases por todo el mundo, muy por encima, por ejemplo, de las 128 que computa un informe del Servicio de Estudios del Congreso en su informe de 2024.

¿Por qué el desfase? Además del secretismo, la nomenclatura contribuye a ocultar la presencia real. Están las bases permanentes y reconocidas, pero también otras menores o semiestables escondidas bajo denominaciones escurridizas, por ejemplo: emplazamientos de operaciones avanzadas, ubicaciones de seguridad cooperativas o ubicaciones de contingencia. Así, por ejemplo, aunque oficialmente se reconozca la existencia de ocho bases en África, ya en 2017 el medio The Intercept constató que en realidad eran más de una treintena.

Los estudiosos acuden para sus investigaciones al Informe sobre la Estructura de Bases (BSR), que recoge el montante bruto de las propiedades del Departamento de Defensa (rebautizado por Trump como Departamento de Guerra) y a partir de ahí cruzan con sus datos para obtener una cifra aproximada. En el último BSR, con datos de 2024, figuran 549 “sitios” en el extranjero.

Pero tampoco hay que fiarse de este documento; el Gobierno llegó a anunciar el cierre de bases que no estaban presentes en esa relación. Pasó, según documentó la revista The Nation, con la de Al Tanf en Siria, muy usada por las tropas estadounidenses implicadas en la guerra civil del país. Para la elaboración de los mapas de esta información se ha empleado la cuenta conservadora del Servicio de Estudios del Congreso.


Para qué quiere EE.UU. las bases

Para Mariano Aguirre, investigador no residente del Centro de Asuntos Internacionales de Barcelona (CIDOB), la realidad de las bases estadounidenses en el exterior remite a su propia historia de expansión colonial tras la independencia, en las disputas originales con España y Francia, y más tarde con la imagen clásica de las películas del Far West: el fuerte. Este es el primer antecedente de la base militar moderna, cuya expansión sigue con los asentamientos en el Caribe y Filipinas y a lo largo del primer tercio del siglo XX.

La realidad contemporánea, indicó el también asesor del Centro de Seguridad Regional de la Fundación Friedrich Ebert, deriva del contexto de la Guerra Fría y la disputa con la Unión Soviética. Se abogó entonces por rodear de bases al enemigo para “construir un anillo de disuasión”. Así se explicó la presencia continuada de grandes contingentes en territorio europeo (Alemania, Grecia, España), pero también en Extremo Oriente (Japón, Corea del Sur), no siempre con la aquiescencia de las poblaciones locales, y ocasionalmente con su oposición firme.


Las bases son “un sustituto para el imperialismo desnudo de siglos anteriores”, entiende Robert Matthews, doctor en historia de América Latina por la Universidad de Nueva York y colaborador del Centro de Investigación para la Paz en Madrid, especializado en la política exterior estadounidense. “Las bases y el poder económico sustituyen la presencia física de EEUU para controlar como colonias los países del antes llamado tercer mundo”, indicó.

El historiador recordó que al término de la Guerra Fría, cuando el número supera con creces el millar, la superpotencia emergente pronto encuentra excusas para mantener su presencia en el extranjero, como “el narcoterrorismo y con el 11-S, el terrorismo propiamente dicho”. “La red es fenomenal, nadie tiene ese alcance”, señaló. Puede sorprender, en ese sentido, que en 2026 EE.UU. siga teniendo desplegados en Alemania más de 38.000 efectivos, 14.000 en Polonia, 12.600 en Italia y 10.000 en Reino Unido, por mencionar aquellos países con mayor presencia de tropas en el continente, según el International Institute for Strategic Studies, un think tank británico.

Esta red mundial permite “extender la capacidad de penetración” y en cierto modo, “llevar la frontera hasta el objetivo”, indicó Aguirre. Esto permite un despliegue rápido y que un portaaviones pueda desplazarse del Caribe a Oriente Medio repostando “en estaciones de servicio a medida”, sin tener que preocuparse de pedir permiso.

Además, desde 2001 y el comienzo de la denominada “guerra contra el terror” George W. Bush usó las bases “para el transporte de prisioneros Afganos e iraquíes tras capturarlos y, a través de una serie de artilugios legales, declararlos no combatientes”, recordó Aguirre.

Jesús Núñez, codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH), explicó en el pódcast Un tema al día de elDiario.es que el uso primordial de las bases es, como se conoce en la jerga del ramo, el de “preposicionar material y recursos humanos en diferentes lugares para de ese modo poder llegar más rápido […] De esa manera, si [EEUU] entra en una campaña militar, puede sostener el esfuerzo sin tener la carga logística que supondría tener que hacerlo todo desde los EEUU continentales”.


En la actual guerra contra Irán, las bases más importantes son las de Baréin, donde EE.UU. tiene el cuartel general de la V Flota. “Eso es lo que le da la capacidad para poder moverse en el Golfo Pérsico y, más allá, hacia el océano Índico”, expuso Núñez. “Las instalaciones aéreas que controla en Arabia Saudita y Qatar le permiten sostener una campaña militar como la que estamos viendo ahora, de centenares de salidas de aviones para atacar territorio iraní. Por lo tanto, serían objetivos prioritarios para quien trate de limitar o anular la capacidad estadounidense para seguir efectuando esos ataques”, añadió.

Las bases en España son de España

La ayuda estadounidense fue una tabla de salvación para el régimen franquista, que al término de la Segunda Guerra Mundial era prácticamente un Estado paria. La lógica de la Guerra Fría llevó a un acercamiento de EE.UU., en el que la ayuda financiera tuvo la contrapartida del establecimiento en 1953 de bases militares.

De las cuatro instalaciones originales, Zaragoza, Torrejón de Ardoz, Morón y Rota, solo las dos últimas siguen manteniendo tropas estadounidenses, y desde 1988 su perímetro ya no es considerado territorio soberano del país aliado, como recuerda el catedrático de derecho internacional de la Universidad del País Vasco Juan José Álvarez. “La gran novedad respecto al convenio del 53 es esa: las bases están bajo soberanía española”, apuntó.

El catedrático insistió en que el convenio de 1988 es claro respecto a que sin autorización previa no cabe “un uso que no concuerde con los intereses del Gobierno español”. Las palabras de Trump del martes en el Despacho Oval no pasarían, por lo tanto, de ser “una bravuconería” del mandatario. “Si no hiciera caso sería un casus belli”, adviertió Álvarez, que no cree, no obstante, que vayamos camino de la guerra. “Me parece imposible pensar en ese escenario, debe imponerse la sensatez”, tranquilizó.

Álvarez señaló que en la práctica diplomática hay una forma habitual de evitar este tipo de incidentes: hacerse el sueco. “Seguro que ha pasado, es la doctrina de los actos propios: yo no te consulto y tú no me preguntas. Podría debatirse [si hay] fraude, pero es una cuestión académica, no diplomática”, donde lo que impera es el “laissez faire habitual”.

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