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Emigrar de Argentina con hijos: se fue en pareja, volvió y ahora enfrenta otro desafío: “¿Habremos hecho bien?”

2026/03/04 13:14
Lectura de 9 min
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Para Natalia Tabak, regresar a la Argentina tras seis años de vivir como expatriada, lejos de sentirse como un fracaso, llegó como una caricia al alma. Como psicóloga especialista en migraciones, sabía de choques culturales inversos pero, para ella, el aterrizaje fue suave. En el extranjero había sido madre y regresar significó volver a los propios códigos aunque, ante todo, la invitó a vivir la mejor de las aventuras: compartir la cotidianidad y el crecimiento de sus hijas con los seres más queridos.

Más de tres años pasaron, hasta que cierto día arribó una nueva oportunidad de la mano de un nuevo traslado. En febrero de 2026, Natalia armó las valijas para volver a emigrar. Esta vez, sin embargo, fue muy diferente. En el pasado se habían ido de a dos, pero ahora sus hijas los acompañaban. Y así, con un peso invisible, un manto de sensibilidad se apoderó de Nati, que una vez más entendió hasta qué punto el camino de la vida está conformado por decisiones complejas, que conllevan a una ganancia y una pérdida muchas veces dolorosa.

“Desde mi perspectiva, no es lo mismo reunir coraje y lanzarse a ver cómo resulta la experiencia estando ‘sola’ o en ‘pareja’, que hacerlo teniendo hijos, donde las decisiones también resuenan e impactan en ellos. En esos casos, los padres se enfrentan a nuevas preguntas; se alteran rutinas, relaciones cercanas y, sobre todo, aparecen resistencias, por ejemplo cuando los chicos expresan que no quieren irse", reflexiona Natalia.

“Ser mamá inevitablemente cambia la ecuación de las prioridades de por vida. En mi caso solo pienso en su adaptación, en el querer evitar cualquier tipo de sufrimiento, en edulcorar las frustraciones y tristezas para que no les duela tanto, aunque soy consciente que es imposible. Porque no podemos evitar que les duela y ese dolor nos duele”.

Natalia Tabak

La primera decisión que lo cambió todo

La primera decisión trascendental llegó muchos años atrás, cuando Natalia eligió seguir a su novio, que lo trasladaban por trabajo a la China. Fue una apuesta, apenas llevaban ocho meses de noviazgo, cuando la noticia sacudió su realidad, y en consecuencia, afectó a la de su entorno. Su familia quedó en shock, a pesar de su apoyo incondicional, su sorpresa fue inconmensurable y era lógico: dolía que se fuera tan lejos con alguien que apenas conocía.

Para Natalia, el choque cultural fue muy grande. El idioma, la comida, los olores y las costumbres extrañas impactaron en ella de lleno, pero a la vez despertaron una fascinación por lo distinto: “Sus tradiciones, rituales. Te sacude todos los sentidos. Todo te asombra. Todo te pone a prueba”.

“Beijing es una ciudad enorme y te avasalla. El tránsito, las motos, la cantidad de personas. Y realmente no entendés una palabra si no aprendiste el idioma. El modo de comunicarse (parece que se gritan, pero simplemente son sus tonos), sus bailes en las plazas, los olores, sus templos, su historia, sus tradiciones. Es difícil de explicar todas las emociones que se exacerban al mismo tiempo”.

Adiós a la China en plena pandemia.

Las hadas madrinas del camino: Un café que cambia la vida

Luego de tres años y medio, la aventura en China llegó a su fin. En Asia, Natalia había sido madre y la experiencia de dar a luz allí había sido extrema. El traslado a Estados Unidos se sentía cómodo, era una cultura que Natalia sentía que conocía y que abría sus puertas ante ellos para darles la oportunidad de crecer.

La joven argentina aterrizó en Washington DC esperanzada con aquel nuevo comienzo y agradecida por lo vivido en el país asiático, que le había obsequiado una fortaleza que desconocía en ella. “Si pudiste con China, podés con todo”, le decían.

“Y lo cierto es que no es tan sencilla la ecuación. Nos tocó mudarnos en plena pandemia, con una hija de un año y medio. Llegué a un lugar donde sí podía entender el idioma, su idiosincrasia, pero estuvimos con otros desafíos propios de la pandemia y lo complejo que es conocer una nueva ciudad y socializar en ese contexto”.

Natalia en Washington DC

“Por suerte, tanto en China como en Estados Unidos, he tenido personas que han sido como hadas madrinas. Definitivamente, eso marcó la diferencia de mi experiencia en ambos países”, continúa. “Tanto te cambia la vida tener a `alguien´ que te invite al menos a tomar un café, te comparta información y datos del nuevo país, que junto a mi `hada madrina´, Dana, en Washington, hemos creado un proyecto llamado `Expat Ladies´, de mujeres expatriadas con el objetivo de generar apoyo y contención. Hoy tiene 500 integrantes solo en Washington D.C., este proyecto sin fin de lucro y sólo con ánimo de ayudar a mujeres migrantes se ha expandido también a más de 20 ciudades alrededor del mundo”.

El impacto de volver e irse una vez más: “Se hace presente la culpa”

Si bien habían confiado en que, tarde o temprano, el regreso acontecería, fue doloroso dejar atrás aquella vida que supieron construir en el extranjero. Para Natalia, sin embargo, volver no significaba retroceder ni fallar, y arribó emocionada por el reencuentro con su tierra y su gente, donde fue clave comprender que todo cambia y todos cambian: “Los que nos fuimos y los que se quedaron”, reflexiona.

“Por otro lado, nada nos garantiza que la vida en el exterior nos vaya a gustar. Pero hay una idealización tan grande sobre que `afuera es mejor´, que muchos se dan cuenta de que luego no es así. Se extraña, siempre de algún modo serás extranjero, no siempre tu calidad de vida mejora, no siempre te adaptás a la idiosincrasia, idioma, clima del país, etc. El problema es que desde las redes (o desde la propia gente cansada por la situación que vive en su país de origen) se compra el discurso o el recorte, de que todo lo de afuera ‘brilla’, y no es así”.

Pero entonces, luego de tres años en Argentina, llegó el volver a dejar los propios códigos atrás. Lo peculiar es que, en esta nueva partida, hubo también otra forma de regreso. Natalia volvió a un lugar bien conocido y ya habitado -Washington DC- y eso trajo el alivio que dan las certezas en todos los órdenes de la vida: el barrio, el supermercado, la escolaridad y hasta la red interpersonal: “Grandes amigos que siguen viviendo aquí y que nos recibieron calurosamente”, dice con una sonrisa.

Natalia regresó a vivir a Washington y ahora sus desafío son otros.

“Y si bien creo que a mis hijas también les trae muchas cosas lindas vivir en el exterior, reconozco que se hace presente la culpa”, continúa. “Culpa de que los abuelos no puedan ejercer su rol de la manera que lo vienen haciendo, culpa de separarlos de sus amigos o primos. Culpa de cambiarles la rutina en el caso de que les guste y funcione. Y otra muy presente para toda madre o padre: La culpa inevitable de futuros reproches al crecer. Esto es, básicamente, culpa de embarcarlas en un proyecto que los hijos no eligieron”.

La culpa y los aprendizajes de desterrar a los hijos: “¿Habremos hecho bien?”

Pocas semanas pasaron desde que Argentina quedó atrás. Rodeada de paisajes donde la maravilla la naturaleza, para Natalia su regreso a Washington DC significa volver a su `otra comunidad´, donde el pasado ha dejado huella y el presente trae nuevos desafíos y otras adversidades. Sus hijas vivieron por varios años el calor de la familia argentina y esta partida en nada se parece a los viajes pasados: “Por eso a veces creo que no se trata de `buenos o malos´ lugares a los que emigramos, sino del momento de la vida en el que nos encontramos particularmente en ese lugar”.

“Como terapeuta muchas veces aparece en la consulta ese dolor que puede presentarse con los hijos, porque los hijos duelen. Duelen cuando hay dificultades en la adaptación. Cuando los padres no los observan integrados en la nueva cultura o por el idioma y hasta pueden recibir cierto bullying por `distinto´”.

“Y después existen otras experiencias del migrante que no son los desafíos del nuevo lugar, sino de aquel que dejamos: en el caso de los chicos cuando extrañan a sus abuelos y amigos. Cuando ven a sus seres queridos por pantalla. Cuando se pierden festejos y encuentros familiares. Cuando los afectos empiezan a ser desconocidos por la falta de contacto y cotidianidad: ese es otro tipo de dolor, más trazado por la ausencia”.

“Y después existen otras experiencias del migrante que no son los desafíos del nuevo lugar, sino de aquel que dejamos: En el caso de los chicos cuando extrañan a sus abuelos y amigos. Cuando ven a sus seres queridos por pantalla. Cuando se pierden festejos y encuentros familiares...

“Entonces comenzamos a experimentar sensaciones que no sabíamos a veces siquiera que existían, porque los embarcamos en un proyecto que no es el que ellos eligieron, (aunque creamos que `es lo mejor´). Y aparecen también manifestaciones de no querer irse o el deseo de volver y los padres sentimos un nudo en la panza que no se compara a nada. O cuando ya emigrados vamos de visita y las despedidas se tornan cada vez más difíciles”.

“Estas son realidades con las que cargamos muchos padres cuando decidimos emprender la vida en otro país. Aparecen la culpa y la duda eterna: ‘¿habremos hecho bien? ¿Es realmente una oportunidad?’. Si bien sabemos que puede serlo para nosotros -ya sea por una propuesta laboral, por estabilidad, por probar suerte o por una nueva aventura-, la pregunta sigue siendo: ¿lo es también para ellos?”, continúa Natalia. “Explicarles de manera racional el ‘por qué’ nos vamos no implica que, emocionalmente, ellos puedan entenderlo. ¿Y qué hacemos con este sentimiento de culpa o duda eterna? La transitamos lo mejor que podemos, sabiendo que, como padres, actuamos desde lo que creemos que es lo mejor, aunque después la vida se encargue de mostrarnos cuán acertados —o no— estuvimos”.

“Por otro lado creo profundamente que vivir en diferentes países les brinda herramientas, expansión, idiomas, empatía, diferentes formas de ver y entender el mundo, mejor dicho, nos brinda. Definitivamente a partir de mi primera migración, nació una nueva versión en mí que disfruto y sigo sorprendiéndome".

“El camino de la migración es todo menos lineal: tiene subidas y bajadas emocionales, como la vida misma, pero con el desafío de estar viviendo en otro país, con todo lo que eso implica. Es un trabajo continuo, un desafío constante, sobre todo emocional”, concluye.

*

Destinos Inesperados es una sección que invita a explorar diversos rincones del planeta para ampliar nuestra mirada sobre las culturas en el mundo. Propone ahondar en los motivos, sentimientos y las emociones de aquellos que deciden elegir un nuevo camino. Si querés compartir tu experiencia viviendo en tierras lejanas podés escribir a [email protected] . Este correo NO brinda información turística, laboral, ni consular; lo recibe la autora de la nota, no los protagonistas. Los testimonios narrados para esta sección son crónicas de vida que reflejan percepciones personales.

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