El arquitecto Mario Del Olmo Sánchez, un taurino de verdad, un buen aficionado y una mejor persona.El arquitecto Mario Del Olmo Sánchez, un taurino de verdad, un buen aficionado y una mejor persona.

Los buenos aficionados

2026/02/24 18:00
Lectura de 4 min

El mundo de los toros es el reflejo de la vida. Suceden las mismas cosas: se nace —es decir, uno se hace aficionado—, se vive y se muere compartiendo los valores de esta maravillosa cultura: el respeto, las jerarquías, la democracia, la sana convivencia, el triunfo, el fracaso, el dolor y, lo más importante, vivir la vida con pasión.

En el mundillo de los aficionados convivimos, hablamos, discutimos, argumentamos, nos aguantamos y nos mantenemos unidos porque hay un vínculo fraterno inquebrantable: el toro y el toreo. Hay luchas de poder, vanidad a raudales, soberbia y mucha chulería, lo cual suele ser entretenido, aunque también desgastante, ya que los “chuflas”, como cariñosamente se les denomina, pululan (pululamos) por los tendidos y, a veces, hasta por los callejones.

Cada generación cuenta con referentes de personas que de verdad “chanelan”, denominación para quienes realmente saben de toros, entienden y tienen el don de transmitirlo. He sido afortunado por contar con varios referentes en mi vida que me inculcaron el amor por la tauromaquia. Mi padre fue el primero, por su pasión desbordada por los toros y por Manolete. En la etapa en que mis sueños giraban alrededor del toreo, mi primer maestro, don Rutilo Morales, figura de plata, me inculcó el respeto a las jerarquías y al ritual de una corrida de toros.

A finales de los años ochenta, en mi primer contacto con el campo bravo, en la ganadería de Valparaíso, tuve la inmensa fortuna de escuchar hablar de toros a doña Ana María Llaguno; a su esposo, don Valentín Rivero; a don Chemel Garamendi; a don Paco Madrazo; al Curro de Zacatecas; a mi querida Ana María Rivero y a su esposo, don Ramiro Alatorre. Y, a partir de ahí, al conocer el campo bravo y la vida plena del toro en la dehesa, a todos los ganaderos que he tenido la fortuna de tratar.

Vino después mi maestro El Colorín, junto con su gran camada de alumnos toreros.

En este universo de buenos aficionados, sean ganaderos o toreros, destaca en mi vida un hombre que acaba de hacer el paseíllo al cielo: mi querido arquitecto Mario del Olmo Sánchez. Un hombre íntegro, capaz, bohemio, artista y buen taurino.

En sus años mozos vistió de luces; fue novillero y estuvo siempre muy ligado al campo bravo tlaxcalteca. Cambió los capotes por la arquitectura y fue un profesional destacado. Como era lógico, parte de su obra fue taurina: proyectos importantes como la plaza de toros de Apizaco; la remodelación de la plaza de Villahermosa; la techumbre de la plaza de toros de Arroyo; así como el recinto sede de la Asociación de Matadores en la CDMX, entre otras obras. En el ámbito cultural, el diseño del recinto donde cada año se lleva a cabo la Guelaguetza, en Oaxaca.

Era una delicia estar a su lado en un tentadero o en una corrida de toros. En las últimas ferias de Aguascalientes tuve la fortuna de estar con él en un burladero del callejón. Vivía con pasión cada detalle: cómo iban liados los toreros, el paseíllo, la música, la salida del toro, descifrar su posible comportamiento, los primeros lances, la brega, un buen puyazo y todos los matices de la faena de muleta. Sufría cuando a un torero se le escapaba el triunfo por la espada o cuando un toro era pitado en el arrastre. Disfrutaba como nadie el triunfo del torero y del ganadero.

Aquellas tardes me decía: “Flaco, enciende ya tu puro, que esto va a comenzar”. Y, a partir de ahí, escucharlo era una gozada y siempre un aprendizaje.

Querido y respetado por todos. Su familia era su orgullo: sus dos hijas, sus nietos y, sobre todo, tuvo la fortuna de ver en sus dos hijos el sueño de ser Matadores de Toros. Mario y Mariano le llenaron el alma taurina, vestidos de luces y ahora, como destacado ganadero y apoderado el primero, e importante empresario el segundo.

Hasta pronto, mi querido Arquitecto. Dios lo tiene en su gloria y desde aquí le envío mis respetos de parte del “último de sus amigos”. Descanse en paz, Maestro.

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