No pertenece a ninguna organización secreta ni responde a una lógica apocalíptica, sino a una cooperación científica globalNo pertenece a ninguna organización secreta ni responde a una lógica apocalíptica, sino a una cooperación científica global

Un guardián del futuro: en el Ártico, la bóveda de semillas para el fin del mundo

2026/02/22 11:02
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Un 3 de octubre floreció mi primera amapola. Lo sé porque esa mañana, en cuanto la vi, le saqué una foto. En julio habíamos tirado las semillas desprolijamente en los canteros y en los macetones en el frente de la casa y, por un tiempo, simulé haberme olvidado de ellas. No cuento con la paciencia del jardinero sabio; tengo que jugar todo tipo de juegos mentales conmigo misma para no caer en la ansiedad. Mirar de reojo la tierra camino de salida de casa, no detenerme demasiado mientras riego, asomarme disimuladamente por la ventana para controlar que la tormenta no encharque en exceso los canteros y, sobre todo, aprender a esperar que las cosas sucedan. La jardinería es el arte de la paciencia, la sorpresa y a veces de la frustración.

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Donde había estado el centro de la flor había una cápsula redonda y perfecta que sonaba como un sonajero al ser sacudida. Son las semillas que se esconden en su interior. En la parte superior de la esfera, una suerte de fila de ventanitas que liberan en catarata ruidosa decenas de pequeñísimas semillas negras de amapolas. No puedo creer la cantidad que cae de cada una de las cápsulas. Las voy juntando en sobres y con marcador negro las etiqueto: “Semillas amapola, noviembre 2025”. En esos sobres se esconde mi jardín del próximo año. Con el fin del verano acercándose, se poda, se limpia y se empieza a pensar en lo que se viene.

Donde había estado el centro de la flor había una cápsula redonda y perfecta que sonaba como un sonajero al ser sacudida

En la isla de Spitsbergen, en un archipiélago noruego, está la Svalbard Global Seed Vault, el banco de semillas para enfrentar el fin del mundo. Parece una idea sacada de una novela distópica, pero existe: una bóveda excavada en una montaña de roca y hielo, a pocos kilómetros del Polo Norte, donde el mundo guarda su plan B. Allí, a 18 grados bajo cero, duermen más de un millón de muestras de semillas provenientes de casi todos los países y rincones del planeta, protegidas de guerras, incendios, sequías, inundaciones y todo tipo de catástrofes naturales, y por supuesto del olvido humano. No es un museo ni un laboratorio futurista: es una especie de heladera monumental que conserva, en silencio, la posibilidad misma de seguir sembrando, brotando y, por qué no, comiendo.

En la parte superior de la esfera, una suerte de fila de ventanitas que liberan decenas de semillas negras de amapolas

Aunque suelen referirse a ella como a “la bóveda del fin del mundo”, no pertenece a ninguna organización secreta ni responde a una lógica apocalíptica, sino a una cooperación científica global: cada país deposita allí muestras de sus propias semillas, que siguen siendo de su propiedad y solo pueden ser retiradas por quienes las enviaron.

El depósito de semillas más grande del mundo se extiende a través de una superficie dividida en tres enormes almacenes. Desde su inauguración en 2008, se propuso salvaguardar la biodiversidad de las especies de cultivo que alimentan a cada uno de los seres humanos del planeta. La bóveda no investiga ni cultiva: simplemente guarda. Funciona como un banco de respaldo biológico, sostenido por energía mínima y por el frío natural del Ártico, como si el planeta mismo se hubiera convertido en custodio de su herencia más frágil: la posibilidad de volver a sembrarse. Capaz de resistir terremotos, ataques nucleares y otros desastres, parece haberse convertido en el único guardián seguro y pacífico de nuestro futuro.

La jardinería es el arte de la paciencia, la sorpresa y a veces de la frustración

Tal vez lo más conmovedor del Svalbard Global Seed Vault no sea su tecnología ni su ubicación extrema, sino su lógica íntima: alguien, en algún lugar del mundo, pensó que valía la pena guardar lo que todavía no hacía falta. Sembrar en el futuro, por las dudas. Alguien pensó que quizás, el día de mañana, esas semillas dormidas fueran necesarias.

Con mis amigas, otras impacientes jardineras amateurs, nos hemos comprometido a compartir las semillas que guardamos este año. Así, tendré que enviar pequeños sobres que digan “Amapolas Caro Gil 2025” y confiar en que florezcan en sus jardines como ya lo hicieron la primavera pasada. Yo veré qué pasa en el mío con las semillas que me toquen en suerte.

En tiempos donde todo parece urgente, efímero y descartable, una bóveda congelada en el hielo funciona como un gesto radicalmente humano: creer que algo merece ser conservado incluso si nunca llegamos a verlo florecer.

El proyecto es un gesto humano: creer que algo merece ser conservado incluso si nunca llegamos a verlo florecer
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