El discurso internacional habla de menor consumo de alcohol, sobre todo entre generaciones jóvenes. Pero en México el fenómeno tiene matices: no se trata de abandonar la copa, sino de elegirla mejor.
En 2025, una de las bodegas familiares más representativas de Ribera del Duero reportó un crecimiento de entre 8% y 12% en el mercado mexicano, lo que se traduce en aproximadamente 30 mil botellas adicionales, para colocarse cerca de las 200 mil botellas anuales en el país.
“Comenzamos el año con incertidumbre por el contexto geopolítico y los aranceles en Estados Unidos, pero cerramos con un desempeño positivo”, explicó Alberto Medina Moro, vocero en América de Bodegas Emilio Moro.
El dato es revelador porque ocurre en un entorno donde otros mercados se han mostrado planos. La clave no está en vender más volumen, sino en vender más valor.
El consumidor mexicano, especialmente en el rango de 200 a 600 pesos por botella muestra una correlación clara entre precio y calidad. Es ahí donde el crecimiento se vuelve visible.
Durante años, el vino en México fue una bebida aspiracional o reservada para ocasiones especiales. Hoy la conversación es distinta: el vino acompaña cortes de carne con brasa intensa, moles complejos, cocina contemporánea con fondos concentrados y reducciones profundas.
Los vinos de Ribera del Duero, estructurados y de carácter potente, han encontrado afinidad con una gastronomía mexicana que no le teme a la intensidad. México es ya uno de los principales destinos de exportación de esta denominación fuera de España.
Enlace imagen
Vino .
En supermercados, etiquetas chilenas y argentinas dominan el segmento económico. Sin embargo, el verdadero dinamismo se observa en el segmento medio-alto, donde el consumidor empieza a migrar de la compra por precio a la compra por experiencia. “Cuando alguien decide gastar un poco más, descubre que entre 200 y 600 pesos hay una diferencia real en calidad”, explicó Alberto Medina Moro.
La tendencia global apunta a beber menos alcohol, pero en México la sofisticación del paladar parece compensar la caída en volumen. La decisión ya no es cuántas copas se sirven, sino qué historia hay detrás de la botella.
Lejos de ser competencia directa, el crecimiento de regiones como Valle de Guadalupe o Parras ha fortalecido la cultura del vino en el país. Más visitas a viñedos, más catas, más conocimiento técnico.
Para los productores españoles, ese despertar cultural beneficia a todos. Cuando el consumidor entiende el proceso, el terroir y la crianza, está dispuesto a invertir más en calidad.
En un contexto donde las nuevas generaciones cuestionan el consumo indiscriminado de alcohol, el vino premium parece encontrar su espacio: menos cantidad, más significado. México no está dejando de beber. Está aprendiendo a beber mejor.

