La vice fue vaciada de influencia a lo largo de los dos años de gestión de La Libertad Avanza, pero cada reaparición suya reactiva una interna que no afecta la La vice fue vaciada de influencia a lo largo de los dos años de gestión de La Libertad Avanza, pero cada reaparición suya reactiva una interna que no afecta la

Villarruel sin poder, Milei sin paciencia: por qué la Casa Rosada vuelve a subirla al ring

2026/01/17 11:01

En la Casa Rosada nadie cree, de verdad, que Victoria Villarruel sea hoy un problema político real. Sin estructura, con una tropa propia diezmada y sin incidencia alguna en la toma de decisiones, la vicepresidenta dejó hace tiempo de ser una amenaza concreta para el poder de Javier Milei. Y, sin embargo, cada vez que reaparece, aunque sea con un gesto menor, el Gobierno decide volver a empujarla al centro del ring, como si todavía estuviera en condiciones de disputar algo más que visibilidad.

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La sorpresiva visita de Villarruel a Epuyén, en medio de los incendios en Chubut, fue leída en Balcarce 50 bajo ese prisma. No como una recorrida humanitaria ni como un movimiento institucional previsible, sino como una provocación política. El dato no fue el viaje en sí, de bajo perfil, sin fotos oficiales ni agenda pública, sino el contraste que activó: mientras el Presidente era criticado por seguir el tema a distancia, su vice aparecía físicamente en el territorio. Ese espejo incómodo fue suficiente para reactivar una interna que, en los hechos, ya está agotada.

Victoria Villarruel durante una sesión en el Senado. SENADO ARGENTINA

En el entorno de Milei lo dicen sin vueltas: Villarruel no tiene poder, pero tiene algo que al Gobierno le molesta más que una amenaza real: su capacidad de incomodar simbólicamente. No ordena, no decide, no veta, no arma. Pero encarna, cada tanto, una versión alternativa del oficialismo que el propio mileísmo decidió expulsar: una derecha con liturgia institucional, gestualidad federal y un vínculo más clásico con el Estado. Eso explica por qué, aun desactivada, sigue siendo tratada como si estuviera en carrera.

La reacción oficial fue casi automática. Se filtró que la vicepresidenta habría pedido un helicóptero y se dejó correr que hubo una orden explícita para no facilitárselo. “Todas las herramientas que dispone el Estado están destinadas exclusivamente a combatir el fuego. No están al servicio de la ‘alta política’. Parece mentira. Pero hay quienes todavía no lo entienden”, escribió en X el subsecretario de Prensa de Milei, Javier Lanari. El mensaje fue claro: marcarle el límite, volver a encasillarla como una figura fuera de lugar, recordarle que no tiene margen de maniobra. Pero el efecto fue el inverso: volvió a ponerla en agenda.

Ese reflejo defensivo dice más del Gobierno que de Villarruel. Porque si algo está claro puertas adentro del oficialismo es que la relación está completamente rota, pero también políticamente clausurada. El punto de no retorno puede ubicárselo en diciembre de 2024, durante la sesión del Senado que expulsó al entrerriano Edgardo Kueider. Aquella noche, Villarruel presidió la Cámara alta mientras Milei volaba rumbo a Europa, una superposición que el mileísmo duro leyó como una irregularidad grave. La discusión por el acta de delegación de mando —que la vice aseguró haber recibido recién cuando la sesión ya había terminado— derivó en acusaciones abiertas desde las propias usinas oficialistas, que la tildaron de “mentirosa” y pusieron en duda la validez del procedimiento. Desde entonces, no hubo reconciliación posible.

La vicepresidenta fue vaciada de poder de manera quirúrgica: primero el control político del Senado, ahora la intervención de Patricia Bullrich como figura de autoridad en la Cámara alta. Pese a las elucubraciones de algunos de sus colaboradores cercanos, hoy su rol es administrativo y protocolar. Nada más. La ruptura no derivó en un conflicto institucional porque, en términos reales, Villarruel ya había sido neutralizada antes de convertirse en un problema abierto.

Javier Milei y Victoria Villarruel. Ambos fueron compañeros de bloque entre 2021 y 2023. Télam

El repaso de los momentos más picantes del vínculo confirma ese diagnóstico. La tensión inicial durante la campaña y el recelo permanente de Karina Milei, además de la pérdida de interlocución directa con el Presidente y el silenciamiento progresivo. A eso se sumó, en octubre de 2024, un hecho clave: el viaje autónomo de Villarruel a Europa, con visita al Vaticano y un encuentro privado en Madrid con Isabel Martínez de Perón, que fue leído en la Casa Rosada como la escenificación más nítida de una agenda propia.

En ese contexto, la insistencia del Gobierno en confrontarla parece responder más a una lógica de reafirmación identitaria que a una necesidad real de control político. Villarruel funciona como un antagonista interno útil: permite reafirmar el liderazgo absoluto de Milei, blindar la centralidad de Karina y recordar que en La Libertad Avanza no hay lugar para proyectos personales que no se subordinen al vértice presidencial. Aunque ya no compita, sirve como ejemplo.

La escena se vuelve todavía más elocuente si se la mira en clave simbólica. En la misma semana en la que Villarruel reaparece en el sur, Milei se prepara para desembarcar en el festival de Jesús María. El territorio de los festivales, del contacto directo con el público y de la liturgia popular fue históricamente más afín al perfil de la vicepresidenta que al del Presidente. Que ahora sea Milei quien lo ocupe refuerza la idea de una disputa tardía: no por el poder, que ya está resuelto, sino por el relato y la representación.

Otros tiempos: Javier Milei abrazado a la vicepresidenta Victoria Villarruel. A su lado, Karina, secretaria general de la Presidencia.

Nada de esto altera el rumbo del oficialismo ni la gobernabilidad. La agenda económica sigue su curso, el control político está centralizado y el esquema de poder no se mueve. Villarruel no condiciona votos, no ordena gobernadores, no articula alianzas, algo diametralmente opuesto a lo que ocurría con Cristina Kirchner y Alberto Fernández en tiempos del Frente de Todos. Su figura no incide en el funcionamiento del Ejecutivo ni en la relación con el Congreso. La ruptura está consumada y es inocua en términos prácticos.

Pero la persistencia del conflicto —o, mejor dicho, de su puesta en escena— revela una incomodidad no resuelta. En la Casa Rosada saben que Villarruel ya no juega, pero también saben que mientras exista como figura pública puede volver a aparecer en momentos sensibles. Y cada vez que eso ocurre, la reacción automática del poder termina devolviéndole una centralidad que, de otro modo, probablemente no tendría.

Paradójicamente, el principal activo político de la vicepresidenta hoy no es lo que hace, sino lo que el Gobierno decide hacer con ella.

PL/MG

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