Sandra junto a sus amados alumnosSandra junto a sus amados alumnos

Nació a 120 km de la capital y 4 de la escuela, pero nunca abandonó y cumplió su sueño: “La atención que te prestan es inolvidable”

2026/02/24 14:00
Lectura de 7 min

Sandra Orellana es una mujer humilde, sensible, sencilla que a lo largo de su vida desarrolló la fortaleza y la perseverancia que le permitieron ir detrás de cada uno de sus sueños.

Su historia no es solo un relato de superación, sino un faro de luz que contagia entusiasmo, genera empatía y admiración y transmite la esperanza de que, sin importar cuán lejos parezca el camino, la fuerza interior y la pasión pueden abrir puertas que parecían cerradas para siempre.

Sandra nació en el campo en un paraje a 10 kilómetros de Villa Atamisqui, una localidad en Santiago del Estero, ubicada a 121 km de la capital provincial.

Vivía en una casita de techo de barro y paja, muy precaria, sin luz, junto a sus padres y sus 9 hermanos. “El vecino más cercano estaba a 2 kilómetros y la escuela primaria me quedaba a 4. Yo iba al colegio caminando, a caballo o a veces me llevaban en sulky. Siempre tuve interés en estudiar”, recuerda, a la distancia.

“El balance que hago es muy bueno, no es imposible cumplir los sueños

A medida que fue cursando la primaria se fue dando cuenta que su gran deseo era poder seguir estudiando en la secundaria, mucho más cuando estaba en Séptimo Grado. Pero hasta ese momento solamente se trataba de un sueño que no parecía para nada accesible.

Entusiasmo y una experiencia inolvidable

Sin embargo, una mañana un cura se acercó al colegio y les ofreció a los alumnos, que estuvieran interesados, la posibilidad de poder vivir y estudiar en un albergue estudiantil. “Ahí me entusiasmé, lo hablé en casa e insistí para que me dieran esa chance. Fue una experiencia muy linda, se aprendían oficios, éramos muchos chicos de campo que llegábamos de distintos parajes, algunos venían hasta desde 70km. Las mujeres estábamos por un lado y los varones por el otro, había que pagar una cuota mínima para el mantenimiento”.

La rutina dentro del albergue consistía en asistir a clase durante la mañana y, luego de almorzar, limpiar los patios del albergue, la iglesia, los baños y cortar leña. Actividades que siempre realizaban en grupo y bien organizados.

Sandra vivía en el albergue de lunes a viernes y ese día por la tarde volvía a su casa. Como su familia no pudo seguir abonando esa pequeña cuota y ella mantenía intactos sus deseos de continuar estudiando, se puso a disposición de los curas y de las monjas para limpiar la casa parroquial. “Extrañaba mucho porque era chica, salir de casa fue todo un tema, pero de a poquito me fui acostumbrando. Fueron años de mucho sacrificio, pero fue todo muy lindo, mucho aprendizaje, una buena formación porque estábamos cuidados por monjas con quienes teníamos una muy buena relación”.

El objetivo de Sandra era terminar la secundaria, aunque no tenía bien en claro qué iba a ser de su futuro. Para seguir estudiando debía trasladarse hacia la capital santiagueña, algo imposible para la economía de su familia.

En el año 2013 se jubiló el director del colegio en el que trabajaba y Sandra fue nombrada en ese puesto.

“Cuando me recibí sentí que no hubo tanto entusiasmo de mi familia”

En 1986 se creó un profesorado en Villa Atamisqui, aunque en ese momento no sabía si quería ser maestra de grado ya que no se imaginaba estando al frente de los alumnos. Sin embargo, se animó y empezó a estudiar para ser docente. La carrera duró cuatro años y luego tuvo que realizar un trabajo de investigación y la residencia.

“Cuando me recibí sentí que no hubo tanto entusiasmo ni alegría por parte de mi familia. No sé si ellos entendían, pero yo estaba muy contenta de recibirme y sabía lo que significaba un título por todo el sacrificio que había hecho durante tantos años”, se enorgullece.

En un acto escolar con los alumnos.

El comienzo de la aventura

Finalmente, Sandra se recibió de maestra de grado. Al principio, cuenta, las designaciones no se hacían como correspondía ya que había mucha intervención política y tuvo que tener mucha paciencia y hacer las cosas honestamente para no faltarle el respeto a sus colegas. Esperó que le tocara su turno y de esa forma comenzó a trabajar en el paraje Ventura Pampa, a 13 km de Villa Atamisqui. Para ir a su empleo se quedaba en el colegio durante toda la semana junto a su pequeña hija Marita, que tenía seis años y estudiaba en la misma institución.

Me veía reflejada en ellos cuando yo era chiquita, con una mochila tan humilde, vestiditos como de la misma manera. Arrancar en la docencia fue muy lindo, una hermosa experiencia. En todas las escuelas en las que trabajé (siempre en el campo) tuve la mejor relación con los chicos, colocándome en la piel de ellos. Cuando uno enseña con amor, los chicos aprenden con amor, siempre recibo mucho cariño de los chicos y eso me fortalece día a día. Los padres de los alumnos también me aprecian y me tratan muy bien, eso significa que la tarea en estos años ha sido buena”.

Durante 30 años se desempeñó en una escuela en el paraje El Dorado. “Me pone muy feliz que en los últimos tiempos haya crecido la cantidad de alumnos, los chicos piensan que continuar estudiando es lo mejor que pueden hacer y los padres están concientizados”.

La mejor carrera

En el año 2013 se jubiló el director del colegio y Sandra fue nombrada en ese puesto. Además, continuó dando clases que es lo que más la apasiona. En la escuela enseñan en la misma aula a alumnos de diferentes edades. “Siempre hablo con los maestros más jóvenes y les digo que es la mejor carrera que podían haber elegido porque los chicos no tienen maldad, lo mejor que pueden recibir es el cariño que ellos les brindan”.

En 2025, Sandra se jubiló formalmente, pero sigue colaborando con el alma puesta en las escuelas rurales, abrazando a esos chicos del campo como si fueran suyos.

Lorena Gómez conoce a Sandra desde hace 17 años cuando comenzó con su labor solidaria ayudando a muchísimas personas que viven en zonas rurales. “En el silencio del Monte recorrió su niñez y su juventud superando todos los obstáculos y las necesidades para cumplir su sueño de ser maestra. Cuando la vi por primera vez su escuelita no tenía techo, el paso de un tornado lo había derrumbado casi por completo. Pero ella, con lo poco que quedaba, reconstruyó su aula y con lápices cortados a la mitad daba las clases. En el medio del caos ella estaba allí junto a sus alumnos”, dice Lorena.

En 2025, Sandra se jubiló formalmente, pero su corazón de maestra no conoce de retiros: sigue colaborando con el alma puesta en las escuelas rurales, abrazando a esos chicos del campo como si fueran suyos. Es el vivo ejemplo de que el verdadero llamado no se apaga con los años, sino que se enciende más, recordándonos que una vida dedicada al bien de los demás genera frutos eternos y abre caminos de esperanza para generaciones enteras.

“El balance que hago es muy bueno, no es imposible cumplir los sueños. Uno puede pasar muchas cosas como añorar y extrañar, pero al final ese sacrificio da su recompensa. Como todos saben el sueldo de un docente no es el mejor, pero yo no iba a trabajar por el dinero, con que me alcanzara para vivir y pagar las cuentas ya estaba satisfecha. Si tuviera que enseñar ad honorem también lo haría porque es gratificante, los chicos me pagan con su amor y su cariño y eso no tiene nada que ver con el dinero”.

“Me pone muy feliz que en los últimos tiempos haya crecido la cantidad de alumnos, los chicos piensan que continuar estudiando es lo mejor que pueden hacer y los padres están concientizados”.

¿Qué fue lo que más disfrutaste durante tantos años como docente rural?

Lo que más gustaba era que los alumnos me prestaran tanta atención a la hora de enseñar, es algo que nunca olvidaré: el silenció absoluto, la cara que tenían, las posturas. Todo eso lo definía como el mayor respeto.

¿Qué aprendiste de tus alumnos?

En medio de la nada personitas con ganas de superarse, tan pequeños, pero con muchos sueños por delante. Mis años de dedicación a la docencia me enseñaron a mantener viva las costumbres del lugar, a cuidar y valorar las tierras. Llevo con orgullo la bandera del trabajo en la docencia a quien le dediqué toda mi vida, postergando algunas cosas importantes.

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