En Davos, frente a líderes políticos, empresarios y burócratas globales, Javier Milei sentenció: “Maquiavelo ha muerto”. Fue una frase pensada para provocar, para marcar una ruptura simbólica con la política tradicional. Pero si hay algo que demuestra el liderazgo de Milei es que Maquiavelo no sólo no murió: resucitó. Y gobierna.
El Maquiavelo real -no el de manual, sino el analista brutal del poder- nunca habló de cinismo gratuito, sino de eficacia. Era un gran observador de la realidad. Observaba cómo se construye autoridad, cómo se neutralizan enemigos, cómo se sostiene el mando en contextos inestables. Milei, que se presenta como un outsider antisistema, aprendió rápido una lección central: no se gobierna solo con convicciones, se gobierna con poder.
Su Davos 2026 no fue el Davos 2025. El año pasado fue un predicador libertario enojado con el mundo. Este año fue un líder en ejercicio, consciente de que el poder necesita relato, aliados y timing. Menos furia, más estrategia. Menos épica anarcocapitalista, más realpolitik.
Ahí aparece la primera mutación: Milei dejó de hablarle únicamente a su tribu. Empezó a hablarle al sistema. Cambió el tono y el ritmo. Entendió que la provocación permanente desgasta, pero la ambigüedad estratégica consolida.
La segunda transformación es ideológica. Milei sigue declarándose liberal, pero su práctica se alinea cada vez más con el nuevo conservadurismo global, encarnado en figuras como Donald Trump. Nacionalismo económico selectivo, enemigos comunes, guerra cultural, polarización como herramienta de cohesión. Liberal en el mercado, conservador en el poder. Una síntesis extraña, pero muy eficaz en el nuevo orden geopolítico mundial. Y no está solo. El nuevo mapa del poder global está lleno de príncipes contemporáneos: Trump en Estados Unidos, Bukele en El Salvador, Meloni en Italia, Musk desde las plataformas. Líderes distintos, pero con un rasgo común: todos entendieron que gobernar ya no es solamente administrar, sino crear una nueva identidad en la sociedad. No buscan consenso: buscan lealtad.
En nombre de la libertad, Milei construye una narrativa de orden. En nombre del mercado, refuerza liderazgos personalistas. En nombre de la anti-política, hace política en estado puro. Maquiavelo estaría fascinado: el príncipe moderno ya no necesita espadas, necesita redes, épica y enemigos. Y todo esto, Milei lo aprendió y logró en dos años y dejó a la oposición boquiabierta sin capacidad de reacción mientras se desangran en su interna.
Por eso, cuando Milei declara la muerte de Maquiavelo, en realidad confirma su vigencia. No hay nada menos maquiavélico que decir que no se es maquiavélico. El verdadero poder no se anuncia: se ejerce. Milei no está matando a Maquiavelo; está aggiornando lo que decía Maquiavelo hace quinientos años. Maquiavelo no murió. Cambió de idioma, de estética y de escenario. Ya no vive en los libros, vive en el algoritmo, en la polarización y en el espectáculo del conflicto permanente.
Seguir creyendo que la política puede prescindir del poder, es un gran error. Maquiavelo no murió. Cambió de idioma, de estética y de escenario. Y volvió a gobernar, esta vez desde la Casa Rosada.
PhD, profesor de la UTDT y autor de Mejor no hablar de ciertas cosas (Granica, 2025)

