Las noticias ya no se buscan: aparecen. Se filtran entre mensajes, memes, posteos y conversaciones digitales, y llegan a los jóvenes sin que medie una decisión explícita de informarse. Ese cambio de hábito, silencioso pero profundo, está en el centro de Transiciones. Consumos informativos emergentes en estudiantes de Comunicación en América Latina, la última investigación del equipo de Investigar en Red, dirigida por Francisco Albarello.
El informe describe un pasaje clave del consumo informativo intencional al consumo incidental, una dinámica que altera la relación tradicional con la agenda pública. Los temas que circulan y se vuelven relevantes ya no responden únicamente a una jerarquización editorial, sino que emergen de las interacciones sociales en redes, donde el interés personal gana terreno y se debilita la búsqueda consciente de información sobre asuntos públicos que exceden esas preferencias.
Vivian Schiller: “No hay balas de plata para salvar a los medios: hay que escuchar al público”
En ese escenario, las redes sociales dejaron de funcionar solo como canales de acceso para convertirse, en los hechos, en medios de información. Sin embargo, el estudio no describe una crisis terminal del periodismo profesional. Por el contrario, muestra un ecosistema más complejo: los jóvenes se informan en redes, pero cuando quieren profundizar, chequear o confirmar datos, recurren a los medios periodísticos y a sus marcas, que siguen operando como referencia de calidad y credibilidad.
El trabajo también pone el foco en el rol central del smartphone como dispositivo dominante del consumo informativo y en sus efectos sobre las prácticas de lectura: fragmentadas, visuales, atravesadas por el scroll. Para Albarello, el desafío no es medir estas prácticas con la vara del papel, sino comprender que se trata de otra forma de profundidad cognitiva, dispersa y multifuente. En ese contexto, medios y universidades enfrentan un reto compartido: formar lectores críticos capaces de salir de las burbujas algorítmicas y ampliar su horizonte informativo en un ecosistema cada vez más veloz, personalizado y digital.
-El informe sostiene que hoy “la noticia aparece” más que buscarse. ¿Qué implica este pasaje del consumo intencional al consumo incidental para la noción clásica de agenda pública?
-La percepción de los estudiantes de Comunicación y Periodismo es que las noticias los encuentran a ellos, en lugar de ellos ir en la búsqueda de noticias. En la abundante literatura sobre el tema se habla de news find me perception (la percepción de que “las noticias me encuentran”), lo cual parece ser una actitud generalizada, y no solo de este segmento poblacional. Esto implica que el hábito de informarse está atravesado por la sociabilidad en las redes. Se informan “accidentalmente” mientras dialogan con sus contactos. La información es un resultado de las relaciones que establecen a través de las redes. Este consumo incidental influye en la agenda: se informan de los temas que aparecen en sus conversaciones, y se va perdiendo el hábito de la búsqueda consciente de información sobre la “cosa pública” que vaya más allá de sus intereses.
-Ustedes muestran que las redes sociales pasaron de ser interfaces a convertirse, directamente, en “medios”. ¿Estamos ante una redefinición del concepto de medio o ante una crisis de intermediación profesional?
-La investigación de la cual se desprende este informe precisamente se llama “consumos emergentes de noticias”, porque damos cuenta de que el concepto “medio” está cambiando. Ya en investigaciones anteriores -y en línea con informes internacionales como el del Reuters Institute- encontramos que estos jóvenes se informan a través de las redes sociales, principalmente. Sin embargo, los perfiles que siguen son de medios y periodistas, y mucho más lejos están los perfiles de influencers. Asimismo, en las entrevistas grupales estos estudiantes dicen que en las redes sociales prefieren muchas veces seguir a periodistas antes que a las cuentas de los medios porque creen que los periodistas pueden informar con más libertad más allá del medio en el que trabajan. Por otro lado, las marcas siguen funcionando como referentes, porque es ahí donde van a chequear información que les llega por las redes o a través de un meme. No creemos que estemos ante una crisis terminal del periodismo profesional: vemos que estos estudiantes van a buscar diferentes cosas a diferentes lugares, y los medios -y las marcas- siguen siendo relevantes en ese ecosistema en expansión.
-El smartphone aparece como la interfaz dominante del consumo informativo. ¿Cómo condiciona ese dispositivo -y su lógica de scroll- la profundidad cognitiva con la que se procesan las noticias?
-Esto es fundamental: el dispositivo de consumo de noticias hace a una lectura fragmentada, a un scroll rápido en el cual van leyendo textos de manera entrecortada, movidos por el interés, pero se detienen allí donde les interesa profundizar: tocan el enlace del título que les llama la atención, o bien, buscan en Google lo que les interesa cuando quieren ir más allá de lo instantáneo y la brevedad. Pero no se trata solo de leer textos: las imágenes son fundamentales para llamar la atención, y también cuando quieren profundizar en algo que les interesa, recurren a YouTube, ya que los videos son los contenidos que más se consumen. Hablar de “profundidad cognitiva” en las pantallas es polémico: uno diría en una respuesta rápida que “no hay profundidad, que es todo superficial”, pero eso sería así si definimos profundidad en comparación con la experiencia de lectura que ofrece el dispositivo impreso. Si dejamos de lado esa comparación, creo que podemos habar de otro tipo de profundidad en la pantalla que tiene que ver con una lectura dispersa, fragmentada y rápida de distintas informaciones, fuentes, formatos y contenidos, pero que no necesariamente sea superficial en clave negativa. Sí podemos estar de acuerdo con que este tipo de lectura que ofrece la pantalla puede generar una lectura de menor calidad porque invita a scrollear en lugar de detenerse, pero siempre dependiendo de las estrategias de lectura de los usuarios.
-El estudio detecta una fuerte evasión de noticias negativas, especialmente políticas y policiales. ¿Es un problema de formatos, de clima social o de una crisis de confianza más profunda en el periodismo?
-En línea con lo que indican los estudios en otros países (por ejemplo, el informe de Reuters de 2024 indica que un 39% de la población mundial evita noticias), estos jóvenes tienden a evitar noticias por su carga negativa. Principalmente, las noticias referidas a la pandemia, y el tratamiento que de ella hicieron los medios -sobre todo la TV-, las noticias policiales, las guerras y otros conflictos sociales. No creemos que se trate de una evitación solo por el tema en sí, sino sobre todo por el tratamiento que hacen los medios sobre el tema. Por ejemplo, cuando un tema como la pandemia, un hecho policial, o un estallido social, acapara la agenda y se recurre a estrategias sensacionalistas para llamar la atención, esto genera un rechazo y por esa razón tienden a evitar esas noticias. Si tomamos en cuenta precisamente el modo en que se informan, donde se privilegia principalmente el interés personal, no es raro entonces que les genere cierta resistencia o rechazo cuando los temas son “impuestos” por los medios, de acuerdo con su percepción. Asimismo, el rechazo tiene que ver con el exceso: en las entrevistas grupales aparecen expresiones como “sobrecarga”, “fastidio”, “hartazgo”… Los estudiantes se sienten “desbordados” o “inundados de información”; eso les produce un efecto negativo en su estado de ánimo y por eso prefieren “refugiarse” en sus consumos preferidos, vinculados con otras noticias de su interés, otras agendas, o directamente, con el entretenimiento.
-Los estudiantes valoran la veracidad y la profundidad de los medios tradicionales, pero acceden a ellos mayormente desde redes. ¿Qué dice esta paradoja sobre el futuro de las marcas periodísticas?
-Hay cierta paradoja: se informan a través de las redes, pero cuando algo les interesa, o lo quieren chequear, van a profundizar a las aplicaciones o los sitios de los medios, buscando la marca que les certifique si algo es cierto o no. Esto tiene que ver con el contexto conversacional en el que se informan: se enteran de algo que alguien les comenta (un familiar un amigo) y lo van a chequear al medio, o buscan la noticia en Google para ver qué medio la publicó. En ese sentido, nos parece que la marca periodística aún juega un rol relevante de referencia, de calidad informativa.
-El informe refleja que “el tema importa más que el medio”. ¿Este desplazamiento debilita definitivamente el rol histórico de los medios como constructores de agenda?
-Este es uno de los temas centrales de la investigación. Entendemos que esta preferencia por informarse principalmente sobre los temas que les interesan tiene que ver con la naturaleza personal del dispositivo a través del cual acceden a las noticias. La personalización de la información -me hace acordar al “diario a la carta” que imaginaba Nicholas Negroponte en 1995 en su libro Ser digital-, que a la vez es acentuada por los algoritmos de recomendación que los mantienen en sus burbujas de preferencias, hace que se sientan “medianamente informados” -de acuerdo con los resultados de nuestra encuesta-porque se sienten informados de los temas que les interesan y no de los temas de los cuales deberían estar informados. En ese sentido, la universidad juega un rol central. Tal vez el desafío mayor de las carreras de Comunicación y Periodismo en estos momentos esté en generar una conciencia crítica que los lleve a informarse más allá de las burbujas. Para los medios, por otra parte, el desafío estará en generar contenidos que intervengan en esas burbujas, que traccionen sus intereses más allá de esas tendencias a cerrarse en sus agendas propias. Tal vez lo que está en crisis son géneros periodísticos tradicionales -por ejemplo, las noticias policiales-, que no son tan significativos para generar interés en estas audiencias.
-La preferencia por microcontenidos, titulares directos y formatos visuales parece consolidada. ¿Dónde queda, en ese contexto, el relato largo y la explicación compleja?
-Precisamente la investigación actual que estamos haciendo -la tercera- es sobre “microcontenidos informativos”. La tendencia es clara hacia ese tipo de contenidos. Sin embargo, cuando hay interés en profundizar, muchos recurren a videos de YouTube. Para estos jóvenes la imagen audiovisual es el lugar de la explicación larga. Si les preguntamos, cuando les interesa, son capaces de leer textos largos o ver videos extensos, pero tiene que ser de su interés. Parecen no sentirse obligados a renunciar a la tentación de salirse enseguida si no les interesa demasiado lo que están consumiendo. Se me ocurre pensar que es la explicación larga es como un segundo escalón informativo, que puede o no estar. Algo similar a lo que hacíamos antes cuando de muchas noticias en el diario papel solo leíamos el título, el copete y la bajada. Se van reciclando viejas estrategias lectoras en los nuevos dispositivos, solo que ahora el interés personal es lo que manda.
-En relación con el humor, los resultados son ambivalentes. ¿Cómo deberían formarse los futuros periodistas para usarlo sin trivializar ni perder rigor ético?
-Estos estudiantes que hemos entrevistado “le sacan la ficha” al medio cuando el humor es un recurso forzado. Debe ser algo natural, algo “orgánico”, les gusta decir. En ese sentido, el meme parece ser un microgénero natural de este ecosistema. El meme funciona como una puerta de entrada a las noticias. No es que se sienten informados por memes, sino que el meme los mueve a buscar la información a la que refiere. Se valora le uso del humor -la ironía, el ingenio, las segundas lecturas- pero no se considera un medio informativo sino la antesala a la información que buscarán en las redes o en los sitios de noticias, para no perderse el contexto de aquello que está referido en el meme. Ahora bien, en los noticieros, el uso del humor no es tan valorado, más bien, desde su perspectiva, les quita rigurosidad. Por lo tanto, consideran que el humor es algo que hay que manejar con mucho cuidado. No consideran que sea un elemento importante de las noticias cuando lo ven como algo fingido. Por el contrario, al meme lo ven como algo espontáneo y divertido que le añade valor a la noticia haciéndoles reír. Esto no es un tema menor dado el rechazo que tienen hacia la negatividad, como mencionamos en otra pregunta. Distinto el caso de los programas de streaming, que explotaron como espacio de circulación de noticias a partir de la pandemia. Allí la naturaleza del propio medio habilita el humor desde otro lugar: como recurso de cercanía con el streamer, quien hace uso de un estilo más descontracturado, que viene heredado del estilo comunicacional propio de YouTube.
-Entonces el meme aparece como una puerta de entrada informativa poderosa. ¿Qué desafíos plantea esto para la alfabetización mediática y la enseñanza del periodismo?
-Es un formato que hay que estudiar. Por más que parezca algo trivial, un buen meme requiere de ciertas competencias bien desarrolladas: no solo la posibilidad de reírse de algo, sino también de sintetizar una noticia en pocas palabras, de elegir bien una imagen o un template sobre el cual generar el meme. El meme de hecho es cada vez más estudiado como género: este año hubo congresos de comunicación y hasta números monográficos en revistas académicas referidas al meme. Creo que el meme es una buena manera de encarar la alfabetización mediática, de reflexionar sobre los límites éticos entre información y entretenimiento, de la capacidad de lectura crítica y el uso de la connotación como recurso comunicacional. Así como en su momento se enseñaba la lectura crítica de imágenes fotográficos, ahora se podría hacer lo mismo con los memes, pero teniendo en cuenta ahora la participación creativa de las audiencias que los generan.
-Los estudiantes se reconocen como audiencias críticas y competentes, pero también admiten sentirse informados solo “relativamente”. ¿Estamos ante una nueva forma de deuda informativa?
-Los estudiantes se reconocen “medianamente informados” porque lo hacen respecto de sus temas de interés, y destacan que, gracias a estudiar Periodismo o Comunicación, y a la insistencia de sus profesores en la necesidad de informarse cotidianamente, es que desarrollaron cierto interés u obligación por informarse de los temas que a primera vista no les interesan. Por eso digo que aquí el rol de la formación es clave. No estoy familiarizado con el concepto “deuda informativa” en este contexto, pero sí puedo decir que hay un desafío enorme -no solamente para estas audiencias- que tiene que ver con salirse de las burbujas de interés y desarrollar cierta empatía hacia otros temas que no entren en sus círculos más cercanos en los que se mueven.
-El informe describe una fuerte conciencia sobre algoritmos y burbujas informativas, pero estrategias aún intuitivas para contrarrestarlas. ¿Qué debería hacer la universidad frente a este punto?
-Así como antes decía que el rol de la universidad es central para salir de las burbujas de temas de interés, creo que la enseñanza crítica del algoritmo es fundamental. En las entrevistas salió recurrentemente la expresión “burbuja de filtros”, un concepto de Eli Pariser publicado en su libro de 2011. Por lo tanto, vemos con buenos ojos que los estudiantes registren la manera en que los algoritmos moldean su acceso a las noticias. Tal vez las aulas de la escuela o la universidad sean los únicos lugares donde podamos ir más allá de los algoritmos de software para mostrarles otra realidad, que haga que ellos mismos a su vez moldeen a sus algoritmos para que les muestren esas otras realidades también. Como decíamos antes que la pantalla de la TV no era una “ventana abierta” a la realidad porque también hacía su recorte de la realidad, lo mismo sucede ahora con los algoritmos en las pantallas, solo que ahora la personalización de los contenidos es insoslayable. En ese sentido, creemos que la idea de la “domesticación mutua” entre usuarios y algoritmo que propone Ignacio Siles puede ser una salida interesante para asegurar una diversificación de fuentes y temas.
-La investigación sugiere que estudiar comunicación “hace la diferencia” en términos de detección de desinformación. ¿Qué aprendizajes de este grupo pueden trasladarse al resto de la sociedad?
-Así como sucedió en esta investigación y en la anterior, y aún en este contexto de estar “medianamente informados” que describimos, uno de los rasgos distintivos de este segmento poblacional, es que se adjudican el rol de ser los fact checkers de sus círculos familiares y de amigos. Se arrogan la obligación de estar informados para poder orientar a quienes se informan a través de redes como WhatsApp, por ejemplo. En ese sentido, decimos que estudiar Comunicación o Periodismo hace la diferencia porque ellos tienen una clara conciencia de la construcción de la noticia que hacen los medios, de la circulación de noticias falsas, de la necesidad de chequearlo todo. Desarrollan una desconfianza sana en torno a la información que les llega y tratan de contagiarla a sus contactos. En definitiva, creo que ellos pueden aportar una distancia crítica hacia la información considerada como un fenómeno objetivo, cuestión que ahora se vuelve mucho más necesaria cuando las noticias son generadas por Inteligencias Artificiales Generativas, cuestión que está saliendo fuerte en la investigación actual que estamos haciendo.
-Después de Mutaciones y ahora Transiciones, ¿qué señales ves sobre la próxima etapa del consumo informativo juvenil en América Latina?
-La investigación que estamos realizando ahora tiene que ver con el consumo de microcontenidos informativos, porque da cuenta de la miniaturización de las noticias que circulan en ecosistemas cada vez más veloces. Pero también creemos que la irrupción de la IAG en el consumo de noticias es muy relevante. Desarrollar la lectura crítica de noticias, cuando va a ser cada vez más difícil distinguir una fuente humana de una fuente artificial, nos parece fundamental. Asimismo, el lugar de la creatividad y las habilidades de producción de noticias en las que se usen la IAs como aliados que potencien esas habilidades, nos parecen que son las competencias del futuro.
• Formación. Doctor en Comunicación Social por la Universidad Austral y Licenciado en Comunicación Social con orientación en Periodismo por la Universidad Nacional de la Plata. Docente investigador en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral, donde se desempeña en grado y posgrado.
• Carrera. Es secretario de Investigación de la Facultad de Comunicación y Editor Asociado de la revista Académica Austral Comunicación. Es profesor adjunto de la Escuela de Humanidades de la Universidad Nacional de San Martín, donde se desempeña como profesor de grado y posgrado y también como Director de la Maestría en Educación, Lenguaje y Medios. Es director de Investigar en Red, una comunidad de más de 100 investigadores de 38 universidades de 9 países de Latinoamérica. Ha publicado los libros Edutubers. Docentes en pantallas, (Tilde Editora, 2024) en coautoría con Francisco Arri y Ana Laura García Luna, Mutaciones: hábitos de información y estudio de jóvenes en universidades argentinas (UNR Editora, 2022), Entre libros y pantallas: los booktubers como mediadores culturales (Editorial de la Universidad del Salvador, 2020) en coautoría con Francisco Arri y Ana Laura García Luna; Lectura transmedia: leer, escribir, conversar en el ecosistema de pantallas (Buenos Aires, Ediciones Ampersand, 2019), entre otros. Además, ha publicado numerosos capítulos de libros y artículos relacionados con la educación, la tecnología y la comunicación.


