Una imagen de uno de los encuentros entre Oriana Fallaci y el ayatolá Jomeini en la ciudad santa de Qom, en 1979 (archivo)Una imagen de uno de los encuentros entre Oriana Fallaci y el ayatolá Jomeini en la ciudad santa de Qom, en 1979 (archivo)

“Me voy a quitar este estúpido trapo medieval”: cómo fue la inolvidable entrevista que Oriana Fallaci le hizo al ayatolá Jomeini

2026/01/16 22:12

En septiembre de 1979, Fallaci viajó a Irán en busca de Jomeini. Esperó 10 días en la ciudad santa de Qom para que el ayatolá la recibiera. The New York Times recuerda: “El 12 de septiembre fue conducida a la escuela religiosa Faizeyah, donde Jomeini recibe a sus visitantes. La acompañaban dos iraníes que habían ayudado a organizar la entrevista y que actuaron como traductores. La señorita Fallaci, descalza y envuelta en un chador (el velo que cubre de pies a cabeza a la mujer musulmana) fue sentada sobre una alfombra. Cuando entró el ayatolá, comenzó la entrevista grabada. La señorita Fallaci regresó al día siguiente para una segunda audiencia”.

La caída de la Revolución Blanca

Mohammad Reza Pahlaví, el último sha, había implementado, desde los 60 y hasta su caída, la Revolución Blanca. Era, en definitiva, una serie de reformas modernizadoras que, además de abordar problemas económicos, amplió los derechos de las mujeres.

Durante su reinado, las mujeres podían vestir como quisieran, incluso “al estilo occidental”. No era obligatorio el uso del velo ni de la “modesta ropa islámica”. Además, les concedió el derecho al voto y aumentó la edad mínima legal para contraer matrimonio, que pasó de 13 a 18 años.

Protestas en Francia contra la prohibición del hiyab

Pero los movimientos que se sucedieron entre 1978 y 1979 modificaron la foto: el quiebre de ese gobierno implicó la llegada de otro extremadamente conservador de la mano del ayatollah Ruhollah Khomeini, o Jomeini. El cambio fue notorio: enseguida se decretó que las mujeres debían usar el velo. El propio líder había dicho en un discurso que si no lo hacían, iban “desnudas”. Se basaba en la sharía, la ley religiosa islámica.

El gobierno del ayatolá Jomeini implementó el uso obligatorio del velo para las mujeres

No fue lo único. Cuenta la periodista iraní Feranak Amidi de la BBC: “No teníamos segregación de género antes de la revolución. Pero después de 1979, las escuelas fueron segregadas, y los hombres y mujeres que no tenían parentesco eran arrestados si los sorprendían socializando entre ellos".

En ese contexto, Oriana Fallaci logró entrevistar al ayatolá. Los medios de la época describen a la periodista italiana como “la más combativa de todas”, “la que más sabía incomodar”. Ya había entrevistado a Henry Kissinger, al último sha Mohammad Reza Pahlavi, a Muamar Gadafi y muchos más.

La periodista italiana Oriana Fallaci logró entrevistar a Jomeiní en septiembre de 1979

Como solía hacer por aquellos años, “la Fallaci” grabó la charla, después la transcribió y se publicó en octubre de 1979 en The New York Times. Fue un momento que, en el periodismo, se recordaría por años: Jomeini no solo había aceptado charlar con una periodista occidental, sino que había recibido a quien, unos años antes, había escrito: “Ya provenga de un soberano despótico o de un presidente electo, de un general asesino o de un líder amado, veo el poder como un fenómeno inhumano y odioso... Siempre he considerado la desobediencia hacia los opresores como la única manera de aprovechar el milagro de haber nacido”.

Para el ayatolá Jomeini era inconcebible un Irán que no fuera islámico

Contacto en Qom, “la ciudad santa”

Empezó picante, sacó todas las armas de ese periodismo combativo que la caracterizaba y le preguntó por la falta de libertad, por el mote de “dictador” que se había ganado entre muchos ciudadanos iraníes, y por sus seguidores, a los que tildó de “fanáticos fascistas”.

Fallaci no tenía miedo. No tenía pudor. Y no iba a aflojar aunque tuviera al mismísimo diablo enfrente. El periodista de Playboy, Robert Scheer, dijo sobre ella, después de entrevistarla en 1981: “Por primera vez en mi vida, me encontré sintiendo lástima por gente como Jomeini, Gadafi, el Sha de Irán y Kissinger, todos ellos objeto de su ira, las personas a las que, según ella, entrevistaba ‘con mil sentimientos de rabia’”.

Margaret Talbot, periodista de The New Yorker, solía decir que Fallaci no dejaba entrevistado “sin desollar”. Y Jomeini no fue la excepción: lo embistió con furia. Era una mujer entrevistando al ayatolá y preguntándole directo por las otras mujeres, las iraníes. Por sus derechos. O mejor dicho, su falta de derechos.

Oriana Fallaci practicaba un periodismo combativo al enfrentarse a los grandes líderes del mundo (Getty Images)

Asuntos importantes

Años después, Fallaci recordaría a Jomeini como un hombre inteligente y apuesto, el “Moisés esculpido por Miguel Ángel”. Lo diferenciaba de otros dictadores islámicos, de Gadafi o de Arafat, a quienes consideraba marionetas. Pero Jomeini no: “Era una especie de Papa, una especie de rey, un verdadero líder. Y no tardé mucho en darme cuenta de que, a pesar de su apariencia discreta, representaba al Robespierre o al Lenin de algo que llegaría muy lejos y envenenaría al mundo. La gente lo amaba demasiado. Veían en él a otro profeta. Peor aún: a un dios”.

El ayatolá Jomeini llegando a Teherán en 1979, tras 15 años de exilio

Veían a un dios, pero podía perder la paciencia como cualquier ser humano. Y eso quedó documentado en la grabadora de la italiana, quien con preguntas pujantes lo iba arrinconando cada vez más en el hartazgo.

“¿Es correcto disparar a una pobre prostituta, a una mujer infiel a su marido o a un hombre que ama a otro?“; ”¿Cómo es posible comparar a un asesino y torturador de la Savak [servicio de inteligencia de Irán entre 1957 y 1979] con un ciudadano que ejerce su libertad sexual?“, le preguntaba.

“¡Corrupción, corrupción! Tenemos que eliminar la corrupción", respondía el ayatolá. La charla tomaba impulso.

Fallaci: —Tome el caso de la joven de 18 años embarazada que fue fusilada en Beshar hace unas semanas por adulterio.

Jomeini: —¿Embarazada? Mentiras, mentiras. Mentiras como las de amputar los pechos de las mujeres. En el islam esas cosas no ocurren. En el islam no se fusila a mujeres embarazadas.

Fallaci: —No son mentiras, imán. Todos los diarios iraníes publicaron la noticia y se realizó un debate en televisión porque a su amante solo le dieron cien latigazos.

Jomeini: —Si eso es cierto, significa que recibió su merecido. ¿Qué sé yo de los detalles? La mujer debe de haber hecho algo más grave. Pregúntele al tribunal que la condenó. Basta de hablar de estas cosas. Me estoy cansando. No son asuntos importantes.

Oriana Fallaci también fue corresponsal de guerra en Medio Oriente (Photo by Mondadori via Getty Images)

“Estúpido trapo medieval”

Fallaci se iba encendiendo. El sujeto de sus preguntas cambiaba: poder, islam, fanáticos. Se asentaba por un buen rato en las mujeres. No bajaba la intensidad ni la fiereza para abordar este tema: como hoy, ya en ese entonces era un punto esencial del régimen saliente y del entrante.

Oriana Fallaci (Getty Images)

El ayatolá repetía cada tanto: “Ya basta”, “Estoy harto”, “Ya basta”. Pero solo le daba oxígeno a las brasas de Fallaci. Los vestidos y los roles femeninos tomaron protagonismo.

“Por ejemplo, este chador que me obligaron a ponerme para venir a verlo, y que usted insiste en que todas las mujeres deben usar. Dígame, ¿por qué las obliga a esconderse, abrigadas bajo estas prendas incómodas y absurdas, que les dificultan trabajar y desplazarse? Y, sin embargo, incluso aquí, las mujeres han demostrado que son iguales a los hombres. Lucharon como ellos, fueron encarceladas y torturadas. Ellas también ayudaron a hacer la revolución”, cuestionaba.

Muchas mujeres lucharon en la Revolución de 1979 a favor del ayatolá Jomeini (Getty Images)

Y Jomeini respondía: “Las mujeres que contribuyeron a la revolución fueron y son mujeres con vestimenta islámica, no mujeres elegantes y maquilladas como ustedes, que andan descubiertas, arrastrando una cola de hombres. Las coquetas que se maquillan y salen a la calle exhibiendo su cuello, su cabello, sus formas, no lucharon contra el Sha. Nunca hicieron nada bueno, esas no. No saben ser útiles, ni social, ni política, ni profesionalmente. Y esto es así porque, al descubrirse, distraen a los hombres y los molestan”.

La idea del líder se asentaba fuerte en los sectores tradicionales que volvían: las mujeres que no se cubrían la cabeza empezaron a ser consideradas un símbolo de la cultura occidental, por oposición a las que sí lo hacían, que eran la “epítome de virtud”, según BBC.

Antes de la llegada de Jomeini las mujeres se vestían con moda occidental (Getty Images)

La académica estadounidense Hamideh Sedghi cuenta en el libro Mujeres y política en Irán: velo, develamiento y vuelta al velo que en las manifestaciones de finales de los 70 se escuchaban cánticos: “Llevá velo o te golpearán en la cabeza” o “Muerte al develamiento”. Muchas empezaron a sentir que sus libertades corrían peligro.

Continuó Fallaci: “No me refiero solo a la prenda, sino a lo que representa. Es decir, la condición de segregación a la que se ha vuelto a condenar a las mujeres tras la revolución. El hecho de que no puedan estudiar en la universidad con hombres, ni trabajar con ellos, por ejemplo, ni ir a la playa ni a la piscina con hombres. Tienen que darse un chapuzón, sin nadar, con el chador puesto. Por cierto, ¿cómo se nada con un chador?”.

El ayatolá interrumpió la entrevista con Fallaci después de que esta criticara y se quitara el velo (Getty Images)

Le siguió un momento tallado con cincel en la historia del periodismo: Jomeini respondió que no era asunto de Fallaci, que si la vestimenta islámica no le gustaba, no estaba obligada a usarla. “Porque la vestimenta islámica es para mujeres jóvenes, buenas y decorosas”, le espetó.

Y ella no dudó. Se sacó la prenda de un tirón, según recogen varios medios internacionales. Aprovechó el “permiso” y le dijo: “Es muy amable de su parte, imán. Y ya que lo dice, me voy a quitar este estúpido trapo medieval ahora mismo. Listo. Pero dígame algo. Una mujer como yo, que siempre ha vivido entre hombres, mostrando el cuello, el pelo, las orejas, que ha estado en la guerra y ha dormido en primera línea, en el campo de batalla, entre soldados, según usted, ¿es una mujer inmoral, atrevida e indecorosa?”.

Una imagen de la entrevista de Oriana Fallaci al ayatolá en la ciudad santa de Qom, en 1979

La única que lo hizo reír

Talbot narra en The New Yorker que Fallaci le contó el después de la escena a través de un correo electrónico: “En ese momento, fue él quien se mostró ofendido. Se levantó como un gato, ágil como un gato, una agilidad que jamás esperaría en un hombre tan viejo, y me dejó. De hecho, tuve que esperar veinticuatro horas (¿o cuarenta y ocho?) para volver a verlo y concluir la entrevista”.

Documentos de Fallaci (Getty Images)

Cuando Jomeini la dejó volver, su hijo Ahmed le dio un consejo a la periodista: su padre seguía enojado, muy enojado, así que mejor que no mencionara la palabra “chador”. Pero, Fallaci era Fallaci.

Volvió a encontrarse con el ayatolá, le dio “rec” a la grabadora y retomó el tema. Le gustaba desafiar. Contó: “Primero me miró con asombro. Asombro total. Entonces sus labios se movieron en una leve sonrisa. Luego, la leve sonrisa se convirtió en una sonrisa de verdad. Y finalmente, en risa. Se rio, sí. Y, al terminar la entrevista, Ahmed me susurró: ‘Creeme, nunca vi reír a mi padre. Creo que sos la única persona en este mundo que lo hizo reír’”.

Mujer iraní enciende un cigarrillo con una foto en llamas del líder supremo Ali Khamenei (Publicado en X)

También contó cómo vivió en carne propia lo que el líder significaba en el pueblo. The New Yorker continúa: “Al salir de la casa de Jomeini tras su primera entrevista, Fallaci fue asediada por iraníes que querían tocarla por haber estado en presencia del ayatolá. ‘Tenía las mangas de la camisa arrancadas, y también los pantalones’, recordó. ‘Tenía los brazos llenos de moretones, y también las manos. Créanme: todo empezó con Jomeini. Sin Jomeini, no estaríamos donde estamos. Qué lástima que, estando embarazada de él, su madre no decidiera abortar’”.

La actitud de las iraníes hoy es una clara muestra de que sin Jomeini, no estarían donde están. Las redes se plagaron de posteos de mujeres encendiendo cigarrillos, una práctica que ellas tienen expresamente prohibida en público. No solo eso, los encienden a partir de las fotos del sucesor de Jomeini, Jamenei, prendidas fuego. Un gesto de desafío a las normas. Y un detalle: ninguna lleva el hiyab.

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